Antonio Walker, presidente de la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA), describió un panorama severo para el agro tras el último sistema frontal y alertó que las pérdidas en infraestructura, viviendas y terrenos productivos son millonarias, con especial impacto en el norte.
Con más de cuatro décadas en el rubro y exministro de Agricultura, analiza los retos del sector: desde los estragos del río atmosférico hasta la tensión comercial con Estados Unidos y las denuncias de ONG por condiciones laborales.
En diálogo con BBCL, el dirigente gremial sostiene que el cambio climático es un hecho y que el sector debe amoldarse con tecnología y genética más tolerantes.
“El peor río atmosférico en cuatro décadas”
—¿Cuál es el balance tras estos sistemas frontales? ¿Se registraron daños estructurales en la industria?
Sí. En 40 años de trabajo agrícola no había visto un río atmosférico tan intenso: precipitaciones muy concentradas en poco tiempo. Las regiones de Coquimbo y Atacama sufrieron con fuerza: Alto del Carmen, El Tránsito, Valeriano y Huasco figuran entre las zonas más golpeadas. Hubo deterioro significativo en obras hídricas, caminos, viviendas y servicios sanitarios; y, por cierto, en predios agrícolas. Cuando se desbordan quebradas, canales o ríos y entran a los campos, arrasan con parrones, parras y sistemas de riego. Hablamos de pérdidas por cientos de millones de dólares. Coquimbo venía de la sequía más prolongada del último milenio (2010–2026) y ya había reducido 40% su superficie agrícola; ahora se suma este evento. En Valparaíso también hubo impactos.
—Un nuevo sistema frontal, ¿podría ser catastrófico, como dijo el ministro Campos?
Está por verse. El Niño se ha comportado de forma adversa. En la zona centro sur los ríos corren con caudales altos, especialmente en Maule, Ñuble y Biobío. Si se desbordan, afectan caseríos, pueblos y algunas ciudades. Con suelos saturados, el escurrimiento es veloz, cargado de sedimentos y muy destructivo. Además, para la primavera se proyectan lluvias superiores al promedio, justo cuando los cultivos están en etapas sensibles (brotación, floración, cuaja), lo que eleva el riesgo.
—Frente a esto, ¿qué medidas se requieren? ¿Basta con la emergencia agrícola?
Todo apoyo suma. La declaración de catástrofe y la emergencia agrícola habilitan recursos frescos, repactaciones de deuda, postergación de contribuciones y facilidades crediticias. Pero se necesita una alianza público-privada amplia: Ejecutivo, sector privado, fundaciones, corporaciones y legisladores, todos apoyando. Preocupa lo que pueda ocurrir con nuevas precipitaciones intensas.
—¿Cómo se materializa la ayuda? ¿Qué impulsa hoy la SNA?
Las necesidades son múltiples. La SNA participa en tres frentes: junto a la CPC se inició en abril una campaña con tres cuentas de corporaciones —entre ellas Levantemos Chile— que entregan certificados de donación; además, la iniciativa “A mal tiempo, buena cara” abrió escuelas agrícolas para recibir aportes y distribuirlos; y con gremios del sur se coordinó el envío de forraje y cubos de alfalfa para animales aislados, especialmente en la zona criancera de Coquimbo. El llamado es a la unidad del país y a que el mundo político deje de lado diferencias para colaborar.
—¿Se anticipa un alza en los precios de los alimentos?
La última temporada fue buena. En frutas, hay stock en frigoríficos; también hay reservas de papas y cebollas. En invierno, los cítricos (limones, naranjas, clementinas) y paltas podrían resentirse por viento y lluvia, que botan fruta e impiden cosechar por algunos días hasta que escurra el agua. Las hortalizas provienen mayoritariamente del norte y la producción es normal. Si la logística se interrumpe —cortes de rutas, caminos rurales, puentes—, podría haber alzas puntuales de 3 o 4 días. Con buena oferta, no debieran subir sostenidamente. Los mercados mayoristas y minoristas reportan disponibilidad.
Cambio climático, aranceles y futuro exportador
—¿Cuáles son los desafíos ante el cambio climático?
El fenómeno es indiscutible y se suma a un contexto geopolítico complejo con más de 60 conflictos que perturbam logística y seguridad alimentaria. Disminuyen las lluvias, aumentan los eventos extremos: sequías prolongadas, precipitaciones intensas y heladas más severas. La adaptación exige biotecnología y genética más resistente a altas temperaturas, sequía, plagas y enfermedades; sistemas de riego avanzados, sensores de humedad, coberturas, mallas y control de heladas. En mitigación, el sector puede ser parte de la solución: mediante fotosíntesis, las plantas son claves en captura de carbono; regenerar suelos degradados para que pasen de emitir CO2 a capturarlo. Sumado al sector forestal, el agro puede ser un sumidero neto.
—En cuanto a aranceles, ¿qué efecto tiene el 12,5% en la competitividad?
Es un golpe directo. En un negocio con márgenes que rondan el 8%, un arancel de 12,5% encarece la cadena de costos, se traslada a precios y retrae la demanda. Estados Unidos es el segundo socio comercial de Chile; esta medida afecta cerca del 40% de los envíos agrícolas a ese mercado y deteriora la rentabilidad del productor.
—¿Qué opina de las denuncias de ONG chilenas por trabajo forzoso?
Muestran desconocimiento del proceso productivo. Desde hace años se aplican Buenas Prácticas Agrícolas: formación en higiene y seguridad, elementos de protección, protocolos de plaguicidas y múltiples certificaciones exigidas por supermercados estadounidenses, incluyendo huellas hídrica y de carbono. La agricultura chilena destaca por inocuidad, trazabilidad y calidad, con estándares altos, a menudo más exigentes que en países desarrollados. Estas acusaciones dañan injustamente.
—¿Ese desconocimiento pone en riesgo la “conquista de las góndolas”?
Más bien desconoce el esfuerzo detrás de exportar 110 mil millones de dólares, generar empleo y divisas y mejorar la vida en regiones. Chile cuenta con institucionalidad laboral estricta y canales para denunciar. Si hay reparos, deben plantearse por las vías formales. Siempre hay espacio para mejorar, pero descalificaciones sin sustento agregan ruido.
—Con estas prácticas, ¿se puede descartar trabajo forzoso?
Sí. La experiencia internacional muestra que Chile opera con mayores exigencias que muchos competidores. La exportación no sería viable sin cumplir certificaciones rigurosas en seguridad e inocuidad. Existe informalidad en la economía —cerca de 27%— y eso debe combatirse, pero no define al sector exportador.
—Los aranceles reavivan inquietudes sobre la relación con Estados Unidos. ¿Les preocupa?
Chile cumple su Tratado de Libre Comercio. Estados Unidos mantiene superávit con Chile y sus productos ingresan sin arancel, mientras los chilenos enfrentan 12,5%. La relación con un país aliado va más allá del comercio, incluye cooperación técnica. Lo importante es la reciprocidad y el respeto a lo pactado.
Aquí los acuerdos se firman para respetarse, y Chile ha cumplido.
—Respecto a migración, ¿cómo evalúan el enfoque del Gobierno?
El sector requiere un proceso migratorio ordenado y seguro, con visa de trabajo. La SNA ha promovido una visa temporal por faena y ha dialogado con este y el anterior Gobierno. No es aceptable la informalidad: se necesita regularización y separación clara entre quienes delinquen —que no deben permanecer— y quienes llegan a aportar, para darles una vía legal y realista.
—Sobre “El campo no para”, usted ha estado muy activo en redes. ¿Cómo nace la idea?
Tras dejar el ministerio, volvió al trabajo en terreno y detectó desconocimiento sobre la labor agrícola. Comenzó a publicar semanalmente videos mostrando prácticas, tecnología e innovación detrás de cada cultivo. El contenido técnico —como podas— tuvo gran recepción, mucho más que las fotos con autoridades. Con más de 100 mil seguidores, la experiencia revela la brecha entre mundo urbano y rural y le permite transferir conocimiento a pequeños productores, retribuyendo al sector que lo formó.




