“¿Has visto a mi hijo? ¿Lo conoces?” Es la pregunta que más resuena este domingo en la frontera de Marruecos con Ceuta (España). Decenas de familias marroquíes aguardan con la esperanza de reencontrarse con los suyos o, al menos, confirmar si siguen con vida.
Se mantienen en la calle, a pocos metros del paso fronterizo, frente a una valla coronada con alambre de espino que los separa del mar. Por ese mismo punto, sus hijos cruzaron días atrás, empujados por rumores infundados sobre la apertura de la ciudad española. No imaginaron que caerían en una trampa que ha dejado al menos 72 personas fallecidas y un número indeterminado de desaparecidos.
Entre quienes esperan está Zahra, dueña de un estudio fotográfico en Tánger. Busca a su hermano Abjanib, de 23 años, universitario y con empleo. Llegó a Fnideq (Castillejos) el viernes. No logra entender por qué arriesgó la vida para intentar entrar a España.
“Los jóvenes quieren un futuro mejor, pero esta no es la vía”, comenta mientras muestra fotos de su hermano en el móvil. “Con pasaporte y visado se puede entrar y salir sin problemas”.
La esposa de Ibrahim llora aferrada a su brazo por su hijo de 17 años. Partió de Fez el jueves, con lo puesto y 400 dirhams (unos 40 euros) ahorrados para comprarse ropa. Desde entonces, silencio.
“Nos dijeron que no está detenido y que no hay registro de fallecidos de 18 años en el lado marroquí”, explica Ibrahim. “Fuimos al hospital y tampoco aparece. Por eso seguimos aquí”.
Un grupo de jóvenes avanza por el espigón, tras la valla. Regresan de Ceuta. Llegan agotados, algunos con heridas, y con la decepción a cuestas. Las familias los rodean con fotos y preguntas: “¿Has visto a este chico? ¿Sabes algo de él?”.
“Volveré, pero solo”
“No lo conozco, no lo vi”, responde Ayoub. Vuelve con cortes en el brazo y la pierna. Dice sentirse maltratado y engañado. Confió en mensajes difundidos en redes que anunciaban la apertura de la frontera y se echó al mar.
Relata que agentes españoles lo agredieron y lo escoltaron de vuelta hasta la frontera para que regresara a Fnideq. “Nos dejaron entrar, pero luego allí no nos querían. No era lo que esperaba”. Ahora quiere volver a casa, curarse y pensar qué hacer. ¿Lo intentaría otra vez? “Sí”, contesta.
Mohamed, de 26 años, también planea repetirlo, aunque por su cuenta. El jueves nadó varios kilómetros con un neopreno y llegó a Ceuta, pero nada salió como pensaba.
“Jóvenes de nuestra zona irrumpieron en Ceuta y empezaron a causar disturbios, robaron sillas, forzaron entradas a casas y atacaron comercios. Ceuta se desbordó y lo cerraron todo”, lamenta. “Lo intentaré de nuevo, pero esta vez iré solo. No pasaré por Ceuta, iré directo a España”.
“Había muchos muertos”
Jalil, sudanés, trabaja en la construcción en Casablanca. Alguien le avisó de que el paso a Ceuta estaba libre y no lo dudó. Llegó a Fnideq y se lanzó al mar con siete compatriotas. Todos alcanzaron la orilla y se quedaron allí; él regresó herido en una pierna porque “no veo viable quedarnos”.
Llegar a Marruecos le costó años: cruzó Libia, Túnez y Argelia en 2024. Confiaba en alcanzar Ceuta porque “soy buen nadador”, pero “había muchos muertos”.
No es el único que menciona cadáveres en el agua. Con el paso de las horas se acumulan relatos de pánico en el mar, con cientos de personas empujándose y braceando para no hundirse. Muchos no lo consiguieron.
Hassan también recuerda la avalancha. Tiene cortes en las piernas, provocados por las rocas el jueves cuando cruzó a nado junto a su hijo hacia Ceuta. “He vuelto porque no vi estabilidad. Mi hijo se quedó, pero también va a volver. Llegaremos a España, pero no así”, dice desde el hospital de Fnideq, por donde han pasado incontables familias en busca de noticias sin éxito.
Fuera, Fnideq recupera su aspecto de balneario familiar. Las autoridades se han afanado en borrar las señales de la peor crisis migratoria reciente en Marruecos. Más de 100.000 personas, según organizaciones civiles, inundaron esta pequeña ciudad fronteriza en cuestión de horas.
Hoy, las familias ocupan la playa. Desde la orilla, se divisan patrullas de rescate peinando el mar en busca de desaparecidos. La vida continúa en Fnideq.
Para cientos de familias marroquíes que aún esperan respuestas, sin embargo, nada volverá a ser igual.




