
Sostenedora del hogar incendiado donde murieron 16 adultos mayores pide piedad
Chile
hrs


El investigador postdoctoral del Centro IRIS, Gustavo Bizama, llamó a reforzar la bioseguridad frente al ingreso y tenencia de especies exóticas que podrían convertirse en invasoras. El llamado surge tras la detección de un pez cabeza de serpiente y tortugas mordedoras en un local de San Miguel, especies prohibidas en Chile.
La reciente incautación de un pez cabeza de serpiente y dos tortugas mordedoras en un establecimiento de San Miguel volvió a poner en el centro de la discusión los riesgos asociados al ingreso y comercialización de especies exóticas en Chile.
Ambas especies están prohibidas en el país y fueron detectadas tras una denuncia. El pez cabeza de serpiente, originario de Asia, puede superar los 80 centímetros y posee una alta capacidad reproductiva, características que lo convierten en una especie con potencial invasor.
Frente a este escenario, el doctor Gustavo Bizama, investigador postdoctoral del Centro Nacional de Investigación en Ríos, Invasiones y Sistemas (IRIS), plantea que uno de los principales desafíos es evitar que especies potencialmente invasoras lleguen a establecerse en los ecosistemas nacionales.
Bizama, biólogo de la Universidad de Concepción y doctor en Ciencias Ambientales en Ecosistemas Acuáticos, explica que una vez que una especie exótica logra establecerse y reproducirse en un ambiente natural, su control puede transformarse en una tarea compleja y costosa.
Por ello, sostiene que la prevención y la bioseguridad son las herramientas más efectivas para enfrentar las invasiones biológicas.
El investigador estudia precisamente estos procesos en ecosistemas acuáticos de agua dulce, utilizando un enfoque experimental en ríos artificiales para comprender qué condiciones favorecen que una especie introducida logre establecerse.
No todas las especies exóticas necesariamente se convierten en invasoras. El problema aparece cuando una especie introducida consigue sobrevivir, reproducirse y expandirse en un ecosistema, pudiendo generar impactos sobre las especies nativas y alterar el funcionamiento del ambiente.
En sistemas de agua dulce, estos efectos pueden ser particularmente relevantes, debido a que peces, plantas u otros organismos introducidos pueden competir con especies nativas, modificar las cadenas alimentarias o transmitir enfermedades.
El riesgo no se limita a los animales que ingresan deliberadamente al país. También existen vías accidentales de introducción, asociadas al transporte, comercio, actividades productivas o traslado de organismos entre distintos ambientes.
Para el investigador del Centro IRIS, la prevención requiere actuar antes de que una especie invasora llegue al medio natural.
Esto implica fortalecer los controles sobre el ingreso y comercialización de especies exóticas, mejorar la fiscalización y, al mismo tiempo, generar mayor conocimiento entre quienes adquieren animales que pueden representar un riesgo para los ecosistemas.
El caso conocido en San Miguel demuestra, además, que especies que no forman parte de la fauna chilena pueden llegar al país y mantenerse en cautiverio, generando un eventual riesgo si son liberadas de manera intencional o accidental.
Bizama destaca que la prevención no depende únicamente de las instituciones encargadas de fiscalizar. También requiere que la ciudadanía conozca los riesgos asociados a la tenencia y traslado de especies exóticas.
La recomendación es no adquirir, trasladar ni liberar animales que no estén autorizados, y ante la presencia de especies potencialmente prohibidas o invasoras, recurrir a los organismos competentes.
El desafío, explica el investigador, es anticiparse: una vez que una especie invasora consigue establecerse en un río, lago u otro ecosistema, recuperarlo puede ser mucho más difícil que haber impedido su ingreso.
Así, la bioseguridad aparece como una herramienta fundamental para proteger la biodiversidad chilena y evitar que especies introducidas puedan convertirse en una amenaza para los ecosistemas nativos.