Opinión

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¿Gobernar la Inteligencia Artificial o dejar que nos gobierne?

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foto Ricardo Celis
Ricardo CelisSenador de la República (PPD)

COLUMNA DE OPINIÓN

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La Inteligencia Artificial (IA) no es una moda ni un fenómeno pasajero: llegó para quedarse y se ha consolidado como el mayor motor de transformación de nuestra era.

Sus aplicaciones abren enormes oportunidades en ciencia, salud y productividad, pero este salto tecnológico plantea una pregunta indispensable: ¿cómo aseguramos de que permanezca al servicio de las personas, subordinada a la democracia, los derechos fundamentales y la dignidad humana?

A nivel global, la aceleración de esta tecnología pone a prueba a las instituciones. Ya no hablamos solo de algoritmos simples, sino de modelos de lenguaje avanzados y agentes autónomos capaces de ejecutar tareas complejas.

Su expansión acelerada conlleva riesgos concretos en ciberseguridad, privacidad, discriminación algorítmica y concentración del poder tecnológico y frente a esto, Chile no puede actuar desde la inercia ni limitarse a ser un observador pasivo.

Nuestro país cuenta con ventajas estratégicas únicas para liderar este proceso en la región, siempre que se adopten las prevenciones éticas necesarias. Poseemos minerales críticos como el cobre y el litio, esenciales para la infraestructura digital global, y un enorme potencial en energías renovables, mientras que la IA exige una gigantesca capacidad de cómputo y consumo energético.

En ese contexto, Chile puede aprovechar su matriz solar y eólica para atraer data centers y cómputo de alto desempeño bajo estrictos estándares ambientales, transitando de la mera extracción de materias primas al desarrollo de cadenas de valor tecnológico.

Sin embargo, para desplegar estas oportunidades con resguardo ciudadano, se requiere un marco normativo moderno y basado en principios.

Es por eso que, de manera urgente, debemos avanzar hacia una Ley Marco de Inteligencia Artificial alineada con los estándares de la OCDE, que garantice explicabilidad algorítmica, supervisión humana efectiva, auditoría de datos, trazabilidad y máxima seguridad para los usuarios.

La regulación ética no debe frenar el desarrollo, pero sí, encauzarlo. En este sentido, se necesita articular una estrategia nacional integral que conecte IA, transición energética, infraestructura digital y formación de capital humano lo antes posible, pues la Inteligencia Artificial llegó para quedarse, y nuestro desafío es doble: gobernarla democráticamente para proteger a la ciudadanía y, al mismo tiempo, construir las capacidades para ser protagonistas de la economía del futuro.