Jaime Mora, hincha de Universidad de Chile, sufrió a sus 57 años uno de los episodios más violentos de su vida durante el partido ante Independiente en Avellaneda por la Copa Sudamericana, jugado el 20 de agosto de 2025.
La ilusión de alentar a su equipo en el extranjero se transformó abruptamente en caos. Era su segunda vez siguiendo a los azules fuera de Chile cuando, según su relato, el ambiente dentro del estadio cambió sin previo aviso.
En medio de la confusión, Mora y su hijo intentaron escapar, pero no lo lograron. Ambos fueron alcanzados por un grupo de fanáticos del ‘Rojo’ y golpeados sin tregua.
“Vimos que venía la gente y empezamos a arrancar, y nos golpearon sin ninguna mediación. Yo le pedí a la persona que me dejara de golpear. Mi hijo fue quien me ayudó a que no me golpearan más”, recordó en diálogo con Meganoticias.
Las consecuencias fueron devastadoras. Mora describe lesiones de extrema gravedad que han marcado su vida desde entonces. “Mi cabeza tiene un corte de más de una cuarta. Tengo un hundimiento en el cráneo”, dijo.
“El daño fue tremendamente brutal (…). No he visto fotos, ni videos, ni quiero verlos. Mis dedos tuvieron fracturas, tengo pérdida de audición, un 70-80%, tengo que usar audífonos”, agregó.
Tras la agresión, fue trasladado al Hospital Fiorito, donde permaneció cuatro días internado y debió someterse a una cirugía. Sin embargo, la experiencia sumó un episodio que aún no logra comprender: mientras estaba hospitalizado, permaneció esposado bajo la acusación de una supuesta agresión. Para él, una situación “insólita” considerando su estado.
Quince días después logró regresar a Chile, pero el proceso de recuperación estaba lejos de terminar. Ya en el país, enfrentó una segunda intervención quirúrgica y meses complejos junto a su familia, tanto en lo emocional como en lo económico.
“Tuvimos meses difíciles con mi familia. Son por lo menos $50 millones desde que salimos desde Argentina”, afirmó.
Más allá de las secuelas físicas, Mora también cuestiona la respuesta de Azul Azul. Si bien reconoce apoyos puntuales, asegura que no hubo un acompañamiento sostenido.
“El que quedó al debe fue Universidad de Chile. Michael Clark llevó su camiseta cuando estaba en la clínica y nunca más supe de ellos”, sentenció.




