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Furor por Lamine Yamal en su barrio: jóvenes imitan su look y el origen de su celebración

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Escrito por:Ignacio Molina de Los Reyes

La camiseta parece un santo laico de barrio. Cuelga como una reliquia en la pared, enmarcada y bañada por la luz de los focos del restaurante. Debajo se lee: “Para 304!! Cordobés”.

“Es un espejo en el que los niños se miran”, dice Carlos Serrano, dueño de El Cordobés, en Rocafonda.

Habla del nombre del dorsal. Del crío del vecindario en el que ahora otros críos creen poder verse. La firma es de Lamine Yamal. Es la segunda equipación del Barcelona 2022-2023, el curso de su debut con el primer equipo y del título de Liga, cuando aún no llevaba el 19 de España ni el 10 del Barça. Carlos cuenta que Mounir Nasraoui, el padre de Lamine, se la entregó en mano. “Mounir subió a casa de Fátima, la abuela, y me dijo: ‘Quiero que la tengas y la guardes’”, recuerda.

El barrio del 304

Rocafonda se alza en la parte alta de Mataró, a unos 30 kilómetros de Barcelona. Escala entre bloques color terracota, balcones blancos, plazas y canchas de cemento. Supera los 11.000 habitantes y concentra muchas familias migrantes, sobre todo marroquíes. Lamine nació el 13 de julio de 2007 en Esplugues de Llobregat, pero creció aquí. El barrio lo siente propio. Por eso festeja con el 304, su código postal. “No es más peligroso que otros sitios; lo que hay es menos trabajo y más ocupación”, apunta Carlos, mientras despacha cafés en su local de azulejos blancos una tarde de diario.

“Su padre venía con él cuando tenía cinco o seis años. Era pequeñito. Lo llevaba a entrenar a La Masia y antes pasaba por aquí a tomar café con el niño”. La cantera del Barça queda lejos de Rocafonda, pero Mounir hacía el trayecto casi a diario con Lamine al lado. “Era muy travieso. La pelota se le iba a la calle, aquí mismo, y Mounir iba detrás”, ríe. Y lo resume: “Lamine siempre estuvo con un balón. Siempre”.

La cancha de cemento

La casa familiar queda a unos pasos del restaurante. La plaza Joan XXIII se abre entre árboles bajos, bancos de madera y bloques arena. Niños golpean pelotas a la sombra. Allí, Maru, de 16 años, charla con tres amigos. Jugó algunos partidos con Lamine en la pista de cemento cercana, donde aún se juntan chavales del barrio. “Cuesta creerlo. Un chaval al que veías cada día con su padre y ahora lo ves marcando a equipos grandes”, dice.

A pocas calles, frente al taller Món Motos, está la cancha de su infancia. Un muro luce “Rocafonda” en letras enormes, cubiertas de grafitis y pintura gastada. Hacia las siete, el sitio se llena de niños con camisetas del Barça, muchos con “Yamal” en la espalda. Algunos imitan sus regates. El cemento parece guardar las huellas negras de tantas zapatillas. Aquí cambió de ritmo contra los suyos. Aquí afinó disparos a porterías metálicas oxidadas. Aquí festejó con pasos de samba tomados de Neymar o Ronaldinho.

En ese suelo pulió un fútbol eléctrico, de amagues feroces y aceleraciones imposibles, que luego sacudió a Europa. El 9 de julio de 2024, en el minuto 21 ante Francia, marcó uno de los goles de su vida. Fue el goleador más joven en la historia de la Eurocopa. La UEFA lo eligió mejor gol del torneo. España fue campeona y Yamal, mejor jugador joven. En unas escaleras cercanas, un grafiti condensa el orgullo del barrio: “En Rocafonda, más Lamine Yamals y menos desahucios”.

El mismo rizo

José Serra, mecánico de la zona, recuerda al Lamine de los arcos oxidados. Aclara: “En el equipo de Rocafonda no jugó nunca. Jugó en este campo de fútbol sala”. Asegura que desde su irrupción el ambiente cambió: “Aquí se juega mucho más. Hay más chavales moviéndose”. Su compañero Ramón mira la pista: “Se están tiñendo el pelo de rubio”. José asiente: “Como Lamine”. Ramón añade: “Más desde que salió así en la final de Copa contra el Real Madrid”.

Ese efecto también se nota en la Barbería Yassin, en la calle Pablo Picasso. Su dueño dice que muchos piden “el corte de Lamine”: un degradado suave y el rizo natural arriba. “Lo quieren igual”. El mismo degradado. El mismo rizo húmedo, apretado, ordenado en su desorden.

El santuario de Lamine

Frente a la barbería, el Bar Familia LY 304 funciona como un pequeño altar. En las paredes cuelgan camisetas firmadas, medallas infantiles, banderas del Barça y una imagen gigante del gol a Francia en la Euro 2024. Sobre una camiseta roja de España con el 19 descansan medallas doradas, plateadas y de bronce. El local se llena de vecinos marroquíes que conversan, toman café y siguen los partidos. En una tele suenan dibujos mientras algunos comen frente a pósteres de Lamine celebrando.

Parece un parque temático del fútbol. Un museo de barrio del chico de Rocafonda. Pero sigue siendo un bar: tortillas templadas, café barato, platos que chocan, vecinos entrando y saliendo sin mirar demasiado las paredes. Abdul, tío de Lamine, atiende. Confirma que las camisetas y recuerdos son auténticos, aunque evita hablar de la familia. El 304 se repite en rincones, dedos, ventanas: una bandera propia.

Carlos Serrano recuerda cómo nació la celebración con las manos: “Un día estaba con su primo Mohamed, que le hace de chofer, y su mejor amigo Souhaib. Decía: ‘Tengo que hacer algo cuando marque’. Uno le soltó: ‘Haz el 304’. Y así se quedó”.

Desde estas calles, Lamine Yamal saltó al Barça y a la selección. Mientras España avanza en el Mundial, en Rocafonda sienten el eco. “Ahora hay más niños jugando con su camiseta, en vez de estar metiéndose en líos”, dice Carlos. Luego mira la elástica enmarcada y vuelve al principio: “Es un referente para los niños de aquí. Lo vimos desde pequeño y aún lo estamos asimilando”.