Gran parte de las reformas más relevantes que el Gobierno de José Antonio Kast quiere transformar en ley debe sortear antes un escenario ya conocido: comisiones de la Cámara de Diputadas y Diputados lideradas por parlamentarios de su propio partido, como si fueran peajes bajo la administración de Republicanos.
Hacienda, Trabajo, Economía y Seguridad Ciudadana figuran entre esos nudos estratégicos, estrechamente relacionados con los ejes que La Moneda busca impulsar en su primer año: crecimiento, empleo y seguridad.
En la práctica, son parte de los “peajes” legislativos por los que debe circular la agenda del Ejecutivo.
La metáfora, no obstante, requiere matices. Encabezar una comisión no equivale a dominar sus votos ni a decidir por sí solo qué proyecto avanza o se cae. Pero sí otorga una posición privilegiada para dirigir los debates, ordenar la conversación y gestionar uno de los bienes más valiosos del Congreso: el tiempo.
Porque el poder de una presidencia no solo radica en facilitar el avance de una iniciativa. En ciertos casos, también puede ayudar a “hacer dormir” un proyecto que no tiene urgencia legislativa.
Y ahí Republicanos juega en casa.
Los peajes estratégicos en manos de Republicanos
Uno de los ejemplos más significativos es la Comisión de Hacienda, presidida por el republicano Agustín Romero.
Su peso trasciende el ámbito puramente económico. Por Hacienda pasan múltiples iniciativas que suponen gasto fiscal, cambios tributarios o impactos en las finanzas públicas, transformándola en una parada casi obligatoria para buena parte de las reformas estructurales de cualquier Gobierno.
En Trabajo ocurre algo parecido. Su presidente, José Carlos Meza, también es de Republicanos y encabeza una de las instancias clave por donde transitan reformas laborales y de empleo.
El mapa se extiende a Economía y Seguridad Ciudadana, dos ámbitos directamente conectados con el programa que llevó a Kast a La Moneda.
La lectura política es clara: Republicanos no solo cuenta con parlamentarios para votar la agenda de su Gobierno, sino con dirigentes situados en lugares desde donde se conduce parte de su tramitación.
Capacidad de conducir, no de imponer
Ahí aparece, sin embargo, el límite. Cada comisión permanente tiene 13 integrantes y su presidente es solo uno de ellos. Presidir no convierte al oficialismo en mayoría ni asegura que La Moneda cuente con los votos.
Republicanos puede contar con el “peaje”, pero no por ello controla todos los vehículos que lo atraviesan.
El Gobierno sigue teniendo que negociar caso a caso con sus aliados y, si esos apoyos no bastan, salir a buscar votos fuera de su bloque.
Por lo mismo, el poder real de las presidencias es más político y procedimental que numérico. Permiten coordinarse con los ministros, ordenar la tramitación y priorizar ciertos debates, pero al momento de votar, el presidente vuelve a ser uno entre trece.
Así, administrar la agenda no es lo mismo que aprobarla.
Ahora bien, no siempre hace falta ganar una votación para incidir en una iniciativa. En un Congreso donde decenas de proyectos compiten a la vez por espacio, manejar los tiempos también puede convertirse en una fuente de poder.
Escoger por qué “peaje” transitar
Hay otra dimensión que opera incluso antes de que una comisión empiece su trabajo: la pugna por definir a qué instancia se remitirá un proyecto.
Cuando la Sala toma conocimiento de una iniciativa, los diputados pueden cuestionar su comisión de destino y pedir que también se envíe a otras. Si la solicitud prospera, el trayecto se alarga: el proyecto debe superar nuevos filtros antes de quedar habilitado para llegar a Sala.
Un caso reciente se dio con los proyectos que buscaban declarar feriado el 17 de septiembre de 2026.
El debate no se limitó a sumar un nuevo día festivo. También se discutieron sus eventuales efectos laborales, económicos y fiscales, argumentos que abrieron la puerta a que las iniciativas fueran vistas por más de una comisión, impidiendo que alcanzaran a votarse a tiempo.
Y ahí surge un dato políticamente relevante: Economía, Trabajo y Hacienda están presididas por Republicanos.
Así, el poder del partido de Kast no solo reside en administrar los proyectos que naturalmente llegan a esas comisiones. El oficialismo también puede impulsar que ciertas iniciativas se deriven a instancias donde tiene capacidad de conducción, siempre que logre en Sala los votos para autorizar ese recorrido.
Sumar estaciones no garantiza el rechazo de una propuesta, pero sí puede incidir de forma decisiva en sus tiempos, especialmente cuando se trata de mociones parlamentarias sin urgencia legislativa.
Ahí aparece una expresión habitual en los pasillos del Congreso: “hacer dormir” un proyecto.
Una iniciativa puede superar una comisión y luego quedar a la espera de espacio en la tabla de otra. Si debe ser vista por dos o tres instancias, cada parada adicional implica tiempo y una nueva negociación.
En ciertas circunstancias, “hacer dormir” un proyecto puede ser políticamente tan efectivo como derrotarlo, sobre todo cuando el objetivo no es necesariamente rechazarlo, sino evitar que llegue pronto a una definición en Sala.
El poder de gestionar el tiempo
Allí radica una de las facetas menos visibles de las presidencias que obtuvo Republicanos.
Las comisiones deben repartir sus sesiones entre proyectos del Ejecutivo, mociones parlamentarias, urgencias, audiencias, indicaciones y votaciones pendientes. No todo puede discutirse simultáneamente.
Por eso, cuando una iniciativa no tiene urgencia, que se ponga pronto en tabla o se deje esperando puede definir su destino.
La Moneda dispone de una herramienta para alterar esa dinámica: las urgencias legislativas, que permiten priorizar proyectos y fijar plazos para su despacho. Pero esa palanca depende del Ejecutivo.
De la ventaja a la responsabilidad
Esta distribución del poder abre, a la vez, una lectura menos cómoda para el oficialismo.
Durante sus primeros seis meses, La Moneda ha enfrentado tropiezos para sacar adelante algunas propuestas y ha debido desplegar negociaciones para armar mayorías en un Congreso fragmentado.
Pero mientras más espacios estratégicos controle el partido del Presidente, más difícil será separar completamente el desempeño legislativo del Gobierno de la labor de sus propios parlamentarios.
Ese es el reverso de los “peajes” de Republicanos.
Así, si Hacienda, Trabajo, Economía y Seguridad están presididas por republicanos, el éxito o fracaso de la agenda también se vuelve un test para la capacidad legislativa del partido de Kast.
Ya no basta con votar a favor de las iniciativas enviadas desde La Moneda. A Republicanos le toca administrarlas, conducir tratativas y ayudar a construir mayorías.
Y cuanto mayor sea su capacidad para acelerar proyectos propios o “hacer dormir” iniciativas ajenas, mayor será también su cuota de responsabilidad en el rendimiento legislativo del oficialismo.
Tener los peajes no equivale a que Republicanos controle la carretera
Además, hay comisiones decisivas que siguen fuera de la conducción republicana. Y cualquier proyecto que supere su primera tramitación aún debe sortear la Sala de la Cámara y, más tarde, buena parte del mismo periplo en el Senado.
Por eso, hablar de un control de Republicanos de la agenda legislativa por unos cuantos peajes sería excesivo.
Lo que sí existe es una red de posiciones estratégicas desde las que el partido de Kast puede incidir en el tránsito de las prioridades del Ejecutivo y, bajo ciertas condiciones, en la velocidad con que avanzan iniciativas que no forman parte de ellas.
Puede allanar el camino de una reforma propia, intentar sumar estaciones a otra o dejar en espera un proyecto sin urgencia. Pero no puede reemplazar los votos.
Ahí está la paradoja: Kast tiene a dirigentes de su partido administrando varios de los principales “peajes” por donde debe pasar su programa y, a la vez, espacios desde los que pueden desacelerar iniciativas incómodas para el oficialismo.
En síntesis, Republicanos puede manejar varios de los peajes. Pero para controlar la carretera aún necesita algo que ninguna presidencia de comisión garantiza: los votos.




