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El grumete inmortal de Angamos

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foto Yovana Ahumada Palma
Yovana Ahumada PalmaExdiputada de la República (REP)

COLUMNA DE OPINIÓN

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Hay fechas que han recibido el reconocimiento que merecen en nuestra historia, pero aún existen algunas que deberían pertenecer a la memoria nacional y, sin embargo, son conocidas por unos pocos. El 8 de octubre de 1879 es una de ellas.

Ese día, en la conocida Punta Angamos, frente a Mejillones, se libró uno de los combates navales decisivos de la Guerra del Pacífico. El enfrentamiento entre el monitor Huáscar y el Cochrane, al que posteriormente se sumaron otras de nuestras unidades, terminó con la captura del principal buque de guerra peruano, hecho que, con la derrota del monitor Huáscar, consolidó la supremacía naval de nuestro país durante el conflicto.

Mientras cada 21 de mayo se conmemora el Combate Naval de Iquique, en el cual, pese a la derrota de nuestro país, se recuerda la valentía de Arturo Prat y los miembros de La Esmeralda, se vuelve un poco incomprensible que no conmemoremos como corresponde aquella victoria.

Para quienes conocemos lo ocurrido el 8 de octubre, sabemos que no se trata solamente de una victoria militar, sino de una batalla digna de admiración y de una historia de valor protagonizada también por nuestros jóvenes.

Especialmente, por el acto de amor patrio realizado por un grumete: el pequeño y valiente Domingo Johnson Rodríguez.
La documentación histórica señala que Domingo era un grumete del blindado Cochrane. Fue gravemente herido durante el combate por impactos de ametralladora en el estómago y las piernas, y murió al día siguiente, el 9 de octubre de 1879, susurrando como última palabra: “Madre”.

Sin duda, un llamado, una despedida de amor de un niño a su madre. Cabe comentar que, según se registra, Domingo fue la única baja en este combate de parte de nuestro bando. Sus restos fueron sepultados en el Cementerio de Mejillones. La ficha oficial de la Armada registra que tenía 13 años, mientras que antecedentes familiares sitúan su nacimiento en 1865, por lo que habría tenido 14.

Ahora bien, más allá de esa diferencia de edad, hay algo que no admite discusión: era un niño y murió en una guerra, como un valiente. Quizás esa sola constatación debería obligarnos a mirar el 8 de octubre de una manera distinta. Porque recordar a nuestros héroes no significa glorificar la guerra. Significa comprender que la historia de nuestro país se ha construido con sacrificios que no podemos borrar simplemente porque hayan pasado casi 150 años.

Domingo Johnson no tiene la fama de Arturo Prat. Su nombre no ocupa el mismo espacio en nuestros libros de historia. No existen las mismas ceremonias nacionales en torno a su figura. Sin embargo, para los nortinos y para muchas personas que han conocido su historia, su figura nos interpela de una manera particularmente profunda.

Durante mi período como parlamentaria (2022-2026), presenté una iniciativa que recopilaba los antecedentes suficientes para solicitar que se estableciera el 8 de octubre como una fecha de conmemoración permanente.

La Armada ya ha honrado internamente el sacrificio del niño grumete Domingo Johnson. Este reconocimiento consistió en otorgar a su madre, Manuela Rodríguez Briceño, una pensión vitalicia por ser madre de un caído en la guerra. Durante décadas, incluso existió una patrullera que llevó el nombre del grumete. Pero hoy, para buena parte de los chilenos, su nombre resulta desconocido.

Hoy se cumple un año más de aquella fecha: una conmemoración silenciosa, un reconocimiento que solo los nortinos sentimos y recordamos, pero que debiera estar inserto en el corazón de cada chileno.

Nuestros niños y jóvenes necesitan saber que Chile no comenzó ayer. Que antes de ellos hubo generaciones que enfrentaron momentos difíciles, que tomaron decisiones, que cometieron errores, que hicieron sacrificios y que también entregaron su vida por nuestro país, para que ellos pudiesen vivir en paz.

El 8 de octubre, sin duda alguna, puede ser una oportunidad para enseñar y conmemorar nuestra historia. Para resaltar nuestro amor patrio y nuestra identidad. Una fecha que merece ser enseñada en las escuelas.

Para que las nuevas generaciones conozcan que detrás de las páginas de los libros existieron personas reales, con nombres y apellidos, con familias y sueños que quedaron truncados. Y también para entender que nuestra memoria nacional se construye con el sacrificio de niños, jóvenes y adultos que merecen trascender en nuestra memoria.

Nuestro país, sin duda alguna, tiene una enorme historia naval. Iquique ocupa un lugar indiscutible en nuestra memoria. Pero Angamos también merece ser recordado. Y, junto con Angamos, quienes participaron en él y, especialmente, el sacrificio de Domingo Johnson Rodríguez.

Un grumete. Un niño. Un chileno.

Murió el 9 de octubre de 1879, después de haber sido herido en el Combate Naval de Angamos. Sus restos descansan en Mejillones y su nombre también debería descansar en la memoria de Chile.