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De promesa a problema: qué dejó la primera edición de la Copa de la Liga

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Escrito por:Jaime Zavala

La Copa de la Liga surgió como una solución, pero acabó transformándose en un problema que el fútbol chileno aún debe afrontar.

Lo que al principio se presentó como una opción para incrementar la actividad futbolística y cumplir obligaciones económicas de la ANFP con TNT Sports, ahora plantea dudas sobre la planificación, el formato y la identidad del certamen.

A estas alturas, con la final entre Coquimbo Unido y O’Higgins aún por disputarse, este nuevo torneo genera más preguntas que certezas.

El componente económico no es secundario. El certamen nació dentro del acuerdo para saldar una deuda de aproximadamente 37 millones de dólares que la ANFP mantenía con Warner, propietaria de TNT Sports, por el incumplimiento de compromisos sobre la cantidad de partidos pactados en 2019 y 2020, años marcados por el estallido social y la pandemia.

La propuesta buscaba incrementar el número de encuentros y así ayudar a resolver esa obligación. Lo complejo es que hallar una salida financiera es una cosa y, muy distinta, es construir un torneo con sentido deportivo propio.

Otro debate se centra en el diseño del campeonato. Los 16 equipos de Primera División fueron repartidos en cuatro grupos de cuatro, con partidos de ida y vuelta y un único clasificado por zona. El esquema permite que los clubes acumulen minutos de competencia, pero reduce de forma notable el margen de error.

Un tropiezo puede condicionar la campaña y dejar a un equipo sin opciones demasiado pronto. La eliminación temprana de los ‘grandes’ como Colo Colo, Universidad de Chile y Universidad Católica terminó añadiendo otra dificultad al atractivo comercial de las fases decisivas.

La comparación con Inglaterra surge de manera inevitable. En la Copa de la Liga inglesa, la Carabao Cup, la ruta se construye mayoritariamente mediante eliminatorias directas, con excepciones reglamentarias según la ronda y el calendario. En Chile, en cambio, se optó por una fase grupal con encuentros de ida y vuelta antes de unas semifinales que también se jugaron a dos partidos.

No existe una fórmula infalible, pero sí es legítimo cuestionar si hacía falta un recorrido tan extenso para un torneo nuevo cuyo argumento principal era aumentar la actividad sin desordenar aún más la temporada.

También cabe cuestionar el calendario general. La Copa de la Liga se agregó a una campaña que ya incluía otras tres competiciones, en un contexto donde los clubes deben gestionar viajes, lesiones, descansos y compromisos internacionales.

Sumar encuentros puede ayudar a mejorar el ritmo competitivo, pero también puede provocar desgaste y obligar a realizar rotaciones que afecten la calidad de algunos partidos. El aplazamiento de la final de julio a octubre evidenció, además, la dificultad de encajar una competición adicional en una planificación con tantos condicionantes.

Una de las falencias del formato quedó en evidencia en el duelo entre O’Higgins y Palestino (7 de junio), cuando el grupo ya estaba definido y no había incentivos deportivos reales en juego.

El principal ‘atractivo’ terminó siendo el cumplimiento del minutaje de juveniles Sub 21 por parte de los rancagüinos, que necesitaban sumar minutos para evitar una eventual eliminación por incumplimiento reglamentario.

De ese modo, la atención se desplazó del espectáculo futbolístico al morbo de comprobar si O’Higgins cumpliría con la exigencia a tiempo, exponiendo una debilidad del torneo.

El último problema, y quizás el más evidente, es la final entre Coquimbo Unido y O’Higgins. El choque estaba programado originalmente para el 18 de julio en el estadio Elías Figueroa de Valparaíso, pero fue suspendido por el pronóstico de fuertes precipitaciones y las alertas meteorológicas.

La segunda suspensión terminó por convertir la definición en un dolor de cabeza. La final se reprogramó para el 16 de octubre en el Claro Arena, pero la Delegación Presidencial Metropolitana no autorizó el encuentro debido a los efectos del frente de mal tiempo y el aluvión ocurrido en Las Condes.

Y, a falta de la oficialización por parte de la ANFP, la definición ya tiene nueva fecha y será el sábado 14 de noviembre en el estadio Santa Laura, ubicado en la comuna de Independencia.

El problema no es que un partido se suspenda ante razones justificadas, sino que una competición profesional parezca no contar con suficientes alternativas para afrontar escenarios previsibles. La seguridad debe primar sobre cualquier calendario, pero eso no exime una mejor planificación.

Aquí surge una de las lecciones clave de esta primera edición. Una programación seria requiere contemplar opciones A, B y C. Si un recinto no puede utilizarse, debe existir un procedimiento definido para evaluar otra sede, revisar requisitos de seguridad y fijar una nueva fecha dentro de márgenes razonables.

No todo, en todo caso, merece una valoración negativa. La Copa de la Liga permitió que los clubes disputaran partidos oficiales en un tramo temprano de la temporada y ofreció una oportunidad adicional para trabajar mecanismos tácticos, probar alternativas y elevar el ritmo competitivo.

Ese rodaje resultó valioso para los equipos que afrontaron compromisos internacionales, como Coquimbo Unido, Universidad Católica y O’Higgins.

En síntesis, la primera edición deja una advertencia para la ANFP: generar más fútbol no basta; también es necesario organizarlo, diferenciarlo y ubicarlo de forma coherente dentro de la temporada.