Marine Le Pen, líder de la derecha francesa, confirmó que será candidata a las elecciones presidenciales de 2027, pese a la condena por malversación de fondos públicos europeos dictada este martes. La sentencia redujo su inhabilitación, lo que le permite mantener su aspiración al Elíseo. En una entrevista televisiva, aseguró además que, en caso de ganar, su aliado y delfín político, Jordan Bardella, ocupará el cargo de primer ministro.
El tribunal declaró culpables a Le Pen, a otros once acusados y a su partido, Agrupación Nacional, por desviar más de 2,8 millones de euros destinados por el Parlamento Europeo al pago de asistentes parlamentarios, recursos que habrían sido utilizados para personal del partido. La dirigente fue condenada a tres años de prisión, dos de ellos con remisión condicional, por lo que deberá cumplir un año efectivo con brazalete electrónico, bajo condiciones que definirá el juez de ejecución de penas.
Consultado por BioBioChile, el académico del Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile, Gilberto Aranda, calificó de llamativa la decisión de Le Pen, considerando que ella misma había señalado que una campaña con brazalete complicaría sus desplazamientos y el trabajo político. A su juicio, Le Pen podría estar apostando a una aclaración del fallo que le permita evitar el uso del dispositivo durante la campaña, aunque ese escenario no está resuelto. Advirtió, además, que el brazalete podría dañarla en términos reputacionales y convertirla en un blanco más fácil para sus rivales.
Sobre la fórmula que propone con Bardella como primer ministro, Aranda recordó que las encuestas sitúan al joven dirigente ligeramente por encima de Le Pen y le atribuyen un discurso más amplio, con capacidad de atraer a sectores de la derecha tradicional e incluso del centro. En contraste, la trayectoria y el estilo de Le Pen, sumados a la condena, reactivan los anticuerpos que sostienen desde hace décadas el “cordón sanitario” contra la extrema derecha en Francia. Bardella, en cambio, podría funcionar como puente hacia el gaullismo y otros espacios de centroderecha, debilitando ese cerco político.
Pese a ello, el analista subrayó que el liderazgo carismático y el control interno del partido siguen en manos de Le Pen, quien transformó la antigua formación de su padre. Considera que ella se percibe muy cerca de la presidencia, aunque deberá enfrentar el desafío de competir con una condena firme y la posible carga simbólica del brazalete. Recordó que, en otros contextos, una condena no ha impedido éxitos electorales, aunque cada país procesa estos episodios de manera distinta.
En cuanto al tablero francés, Aranda estima que el espacio político requiere reordenamiento. Macron mantiene silencio y su movimiento podría no perdurar con la misma fuerza una vez concluido su mandato. La figura de Le Pen, por su propia historia y el peso de su apellido, tiende a cohesionar alianzas en su contra, reeditando cordones sanitarios que incluyen a sectores de centro y centroderecha. Si el liderazgo recayera en otra figura, como Bardella, esa dinámica podría variar, con menos disposición de las derechas moderadas a pactar con la izquierda para frenar a la extrema derecha.
Aranda concluye que la decisión de Le Pen es clave para el futuro político francés. Tras tres candidaturas, dos de ellas llegando al balotaje, ella confía en estar cerca del objetivo. El desempeño de Bardella podría ser mayor, pero la apuesta ya está hecha. Resta ver cuánto influirá el eventual uso del brazalete durante la campaña, un símbolo que, de imponerse, podría resultarle costoso, aunque ella parece confiar en que esa condición se resolverá antes de la contienda.




