Cada noche, Daniela Villarroel seguía el mismo ritual antes de cruzar la puerta de su casa. En el jardín se quitaba las botas y el uniforme, sacudía la tierra del cabello y se lavaba el rostro antes de acercarse a sus tres perros. No era una simple manía: buscaba que el olor de los cuerpos entre los escombros no invadiera el único espacio donde aún hallaba calma.
Un mes después del doble terremoto que asoló el norte de Venezuela, la labor de los equipos de rescate dejó algo más que postales de devastación: abrió heridas emocionales difíciles de cerrar. Entre quienes batallan con ese peso está Daniela, voluntaria del Cuerpo de Bomberos de la Universidad Central de Venezuela (UCV), que contó a la BBC cómo vivió casi tres semanas dedicadas por completo a buscar sobrevivientes y recuperar víctimas en La Guaira, la zona más afectada por los sismos.
A sus 28 años, dejó en pausa su trabajo como nutricionista para sumarse a la emergencia. Aunque llevaba siete años atendiendo incendios, accidentes y rescates urbanos, nunca había tenido que adentrarse en estructuras colapsadas con personas aún atrapadas.
“Apenas te veían, los sobrevivientes te tomaban de la mano para llevarte hasta el sitio donde habían quedado sus familiares”, recuerda. Pero lo que halló adentro fue más crudo de lo que imaginaba: “Al asomarte, veías cráneos aplastados por columnas, pies aprisionados, cuerpos partidos a la mitad y sangre reciente sin ver a la persona que había quedado debajo”.
Ser una rescatista tras el terremoto en Venezuela
Las faenas arrancaban a las ocho de la mañana en Caracas y se extendían más allá de la medianoche. Tras limpiar herramientas y equipo, Daniela llegaba a su casa cerca de las dos. Como voluntaria, no recibía sueldo y gran parte de su equipamiento lo había costeado ella misma.
Su físico se convirtió en ventaja: con 1,60 de estatura y 58 kilos, podía colarse por huecos donde otros no entraban. En uno de esos pasadizos encontró a Gabriel, de 22 años, con vida gracias al pequeño colchón de aire que dejaron los cuerpos de sus padres y de su esposa embarazada.
Antes de salir, él le hizo un ruego que no olvida: “Por favor, no me los botes, cuídalo mucho, porque eso es lo único que me voy a llevar de ellos”, le dijo al pasarle el reloj de su padre, el collar de su madre y el anillo de bodas de su esposa.
Otro operativo particularmente difícil se prolongó ocho horas para liberar a una mujer bajo un edificio derrumbado. Cuando por fin pudo tocarla, Daniela intentó calmarla con una promesa breve: “Ya te vamos a sacar”, repetía mientras el equipo retiraba, pieza a pieza, los obstáculos.
Revivir el dolor
El golpe más duro llegaba cuando se apagaban las sirenas. Por las noches, Daniela volvía a oír las voces pidiendo auxilio desde los escombros. También regresaban el rugido de las herramientas y ese olor que lo invadía todo.
“No podía dormir, no tenía apetito, oía voces. Lo más fuerte para mí fue el olor… Era tan intenso que no tenía punto de comparación. Siento que jamás voy a poder arrancarme ese olor a muerte”, confiesa.
Solo tres semanas después pudo llorar, en una sesión con su terapeuta. Aun así, hay una idea que no la suelta: la sensación persistente de que pudo haber hecho más.
Las cifras de una tragedia
El balance oficial del viernes elevó a 5.546 los fallecidos por los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 del 24 de junio. Además, 16.740 personas resultaron heridas; 17.907 perdieron sus hogares; 23.811 permanecen en 107 campamentos temporales; 190 edificios colapsaron y otros 856 sufrieron daños. Las autoridades reportan cerca de 1.500 réplicas desde el inicio de la emergencia.
En paralelo, el Programa Mundial de Alimentos informó que ya ha asistido a más de 100.000 personas y busca reunir 80 millones de dólares para ampliar la ayuda y llegar a medio millón de afectados en los próximos dos meses. Mientras tanto, para rescatistas como Daniela, la reconstrucción también implica aprender a convivir con recuerdos que siguen tan vivos como el primer día.




