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Un traspié de Arrau complica su futuro político dentro de Republicanos

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Escrito por:Alberto González

Martín Arrau arribó al Ministerio de Seguridad con un atributo que trascendía el cargo: era uno de los más cercanos a José Antonio Kast y, dentro de Republicanos, ya se le mencionaba como una figura con proyección propia. El traspaso desde Obras Públicas a una cartera clave para el Ejecutivo podía leerse como algo más que un ajuste: la intención de instalar a un rostro del oficialismo en el centro de la agenda que llevó a Kast a La Moneda.

Tres meses más tarde, esa proyección no se ha desvanecido, pero sí enfrenta su primera prueba política de envergadura.

El punto no radica, al menos por ahora, en un desplome de su evaluación individual. De hecho, Arrau cerró agosto con 49% de aprobación en Cadem, cuatro puntos por encima del sondeo previo, y fue catalogado como el ministro más influyente del gabinete, con 62%.

La paradoja es que el aumento de su exposición pública no se ha traducido, necesariamente, en más poder político.

En marzo, cuando todavía estaba en Obras Públicas, Arrau marcaba 53% de apoyo y un nivel de conocimiento del 41%. En abril registró 52% y en mayo 54%. Pero tras su arribo a Seguridad, la ecuación se alteró: su visibilidad creció con rapidez y su evaluación descendió hasta 36% en junio, antes de iniciar una recuperación en los meses siguientes.

El ministro se volvió más reconocido. Y con ello quedó expuesto a un tipo de escrutinio distinto.

Esto, porque Seguridad es probablemente la cartera donde Arrau tiene menos espacio para ampararse solo en su perfil de gestor. Es el ministerio que concentra una de las promesas centrales de Kast y un sello identitario de Republicanos. Allí, el éxito no se evalúa solo por la ejecución administrativa, sino también por ordenar al sector, fijar prioridades y forjar acuerdos.

Y es justo en ese plano donde la reforma constitucional promovida por el Gobierno abrió la primera fisura.

La prueba para Arrau que no estaba en el libreto

La propuesta, pensada como pieza clave de la política contra el crimen organizado, recibió objeciones desde partidos del propio oficialismo. El Ejecutivo terminó introduciendo ajustes y rebajando la urgencia del proyecto para intentar amarrar entendimientos.

El episodio resulta especialmente incómodo para Arrau porque el obstáculo no vino solo desde la oposición. El debate también reveló diferencias dentro de la derecha, precisamente en un ámbito donde Republicanos esperaba mayor alineamiento.

Para María Pía Méndez, académica de la Escuela de Gobierno y Administración Pública de la Universidad Mayor, el costo para Arrau podría ser más político que ciudadano.

“La escasa adhesión que ha generado la reforma de seguridad puede traerle costos al ministro Arrau en términos de pérdida de capital político dentro de Republicanos”, plantea.

El motivo está en el carácter identitario que la seguridad tiene para el partido.

“Que su figura no se haya traducido en un liderazgo que impulse los énfasis del partido, merma la potencia de su proyección política”, advierte la académica.

Es una diferencia sustantiva. Arrau puede mantener un respaldo ciudadano cercano al 50% y, al mismo tiempo, enfrentar cuestionamientos internos sobre su capacidad de conducción.

Porque para cualquier ministro, no lograr apoyos suficientes para una reforma puede ser un traspié legislativo. Para quien busca consolidarse como figura central del partido de Gobierno, el desafío es mayor: el episodio se transforma en un examen de liderazgo.

Del hombre de confianza al que debe liderar

La llegada de Arrau a Seguridad tuvo, justamente, esa lectura política.

El ministro era visto como un colaborador de absoluta confianza de Kast y uno de los mejor evaluados del Gobierno. Su sello disciplinado y ejecutor aparecía entre las razones que explicaban su desembarco en una cartera que el propio mandatario fijó como prioritaria.

Pero una cosa es ser el hombre de confianza del Presidente y otra, muy distinta, perfilarse como uno de sus eventuales sucesores políticos dentro de Republicanos.

Ese segundo peldaño requiere construir poder propio. Y ahí asoma la dificultad que advierte Méndez.

“Que no logre respaldo incluso en la misma derecha puede interpretarse como una debilidad suya para negociar y articular mayorías”, afirma.

La observación toca el núcleo de la proyección de Arrau. Si la seguridad es una de las banderas más visibles del oficialismo, un ministro republicano al mando de esa agenda debería tener, al menos en teoría, una posición privilegiada para ordenar a sus aliados.

Sin embargo, el debate evidenció lo contrario: la propuesta tuvo que ser ajustada para incorporar reparos de sectores oficialistas. Incluso Guillermo Ramírez, presidente de la UDI, manifestó objeciones a la versión original y planteó la necesidad de introducir cambios.

Para Méndez, aquello complica especialmente la posición de Arrau.

“La derecha suele mostrarse bastante cohesionada cuando se empujan iniciativas vinculadas a problemáticas históricamente centrales en su agenda; una de ellas es, sin duda, el orden público y la seguridad”, explica.

Por eso, añade, “resulta especialmente compleja la situación del ministro cuando otras figuras visibles de la derecha, como Guillermo Ramírez, el presidente de la UDI, salen públicamente a expresar sus reparos a la reforma”.

El desafío de Arrau no es la caída: es probar que puede levantarse

En ese contexto, sería apresurado hablar de un desmoronamiento de Arrau.

Sus registros recientes no apuntan a eso. Por el contrario, tras la baja luego de su arribo a Seguridad, volvió a repuntar y alcanzó 49% de aprobación en agosto. Además, Cadem lo posicionó como el ministro más influyente del gabinete.

Tampoco la reforma está políticamente enterrada. El Ejecutivo optó por disminuir su urgencia y abrir una fase de negociación para ajustar el texto y sumar respaldos.

Pero precisamente por eso, el episodio puede resultar más decisivo para Arrau de lo que reflejan las encuestas.

La segunda etapa de la reforma será también una instancia para ponerlo a prueba.

Si logra ordenar a Republicanos, recomponer puentes con Chile Vamos y, finalmente, reunir una mayoría para una iniciativa que el Gobierno considera prioritaria, el traspié podría terminar como una valla superada. Incluso podría robustecer su perfil de negociador sin ceder las banderas de su partido.

Si ocurre lo contrario, la interpretación será más ingrata: que Arrau puede ser un buen ministro, cercano a Kast y con buena evaluación, pero que aún no prueba tener el peso político necesario para convertirse en su heredero natural.

Ahí está, probablemente, la verdadera contienda que abrió la reforma. No se trata solo de si Arrau empuja a buen puerto un proyecto constitucional. Se trata de si es capaz de convertir la confianza personal de Kast en liderazgo político propio.

Porque mientras su nombre empieza a instalarse entre los rostros con proyección dentro de Republicanos, la reforma de seguridad le recordó que ese camino no se recorre solo con buenos números en las encuestas.

También demanda votos, capacidad de negociación y, sobre todo, la aptitud para conducir a los suyos.