El cansancio por la guerra, la escasez de gasolina, el bloqueo de internet y el aumento de ataques ucranianos contra la retaguardia han creado una tormenta perfecta que ha provocado una fuerte caída en los índices de aprobación del presidente, Vladímir Putin, y del partido del Kremlin, Rusia Unida, en la antesala de las elecciones legislativas de este fin de semana.
Putin, que cumplirá 74 años en octubre, ha tratado de frenar la tendencia descendente en los sondeos con una intensa gira electoral por Siberia que lo ha llevado a 10.000 kilómetros de Moscú, ya que apenas ha podido desplazarse por la Rusia europea en los últimos meses debido a la amenaza de drones enemigos.
¿Un tándem imbatible?
Cuando Rusia Unida eligió a Putin —líder moral del partido pese a no ser militante— como su “locomotora” electoral por primera vez en 2007, lo hizo convencido de estar respaldando al ganador seguro.
Pocos imaginaban que desde marzo la popularidad del jefe del Kremlin sufriría un desangre similar al de 2018 con la polémica reforma de pensiones. Entonces el respaldo al presidente cayó 18 puntos; esta vez el retroceso ronda los 15-16 puntos, de acuerdo con encuestas de firmas oficiales.
Aunque en las últimas semanas repuntó un 2,4%, según VTSIOM, a diez días de la votación su aprobación se sitúa en el 67,4%, uno de sus registros más bajos desde el inicio de la guerra hace más de cuatro años y medio, cuando superó los 80 puntos.
Rusia Unida también atraviesa su peor momento, con poco más del 20% de intención de voto según encuestadoras independientes, y alrededor del 35% según las oficiales.
Cansancio bélico y censura en internet
Los analistas señalan el cansancio ante la guerra, especialmente al comenzar el tercer año de la campaña militar en Ucrania. Hoy, según el Centro Levada, el 59% de los rusos respalda iniciar conversaciones de paz.
Aunque esa cifra bajó un 8% desde la última ronda de negociaciones con mediación estadounidense en febrero, los persistentes rumores de una posible movilización tras los comicios —la de 2022 provocó la salida de casi un millón de hombres en edad militar— han puesto en guardia al Kremlin.
“Esa es una soberana tontería. Es un ataque informativo contra Rusia”, replicó Putin visiblemente molesto al abordar ese tema.
Un elemento que ha golpeado con fuerza la imagen del oficialismo, sobre todo entre jóvenes y emprendedores, ha sido la ralentización de internet y el bloqueo de redes sociales como WhatsApp o Telegram.
Pocos creyeron que el cierre obedeciera a ataques con drones, a estafas o a sabotajes; la mayoría lo interpretó como un intento de controlar el disenso en línea al estilo del gran cortafuegos chino.
El fundador de Telegram, Pável Dúrov, sobre quien pesa una orden de busca y captura en Moscú, llamó a los usuarios a “barricadas virtuales”, en referencia al uso masivo de redes VPN, hoy imprescindibles —casi la mitad de la población recurre a ellas— para acceder a múltiples servicios como YouTube.
La “gasolinera de Europa” baja la persiana
A todo ello se añadió desde junio un déficit totalmente inesperado en la autodenominada ‘Gasolinera de Europa’ a raíz de los certeros ataques ucranianos contra las refinerías rusas, una veintena de las cuales fueron alcanzadas en agosto.
En las últimas semanas se han multiplicado las colas en las gasolineras por todo el país, pues el volumen de refinado —menos de 4 millones de barriles diarios— ha retrocedido a niveles de hace dos décadas, disparando también los precios.
Putin sostiene que solo queda por reparar un 10% de las refinerías dañadas —nueve de las diez mayores—, pero lo cierto es que algunas han tenido que detener operaciones por hasta seis meses.
Por ello, se autorizó a las estaciones de servicio a vender combustibles de menor calidad —que desgastan la maquinaria y elevan las emisiones—, ahora importados de países como India, Kazajistán y Bielorrusia.
El mandatario insiste en que el perjuicio “no es crítico”, aunque acto seguido reconoció que el costo de los ataques alcanza casi el 1% del producto interno bruto.
En consecuencia, señalan los expertos, el Kremlin tendrá que echar mano como nunca del aparato administrativo para revalidar la mayoría constitucional de más de 300 escaños, por lo que le resulta especialmente conveniente una baja participación, en particular entre los partidarios de la paz.




