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Opinión
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COLUMNA DE OPINIÓN
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La decisión de unir a Chile al Escudo de las Américas pone inmediatamente una encrucijada cargada de profundas consecuencias para el futuro de la nación. Presentada inicialmente ante la opinión pública como la respuesta militar indispensable e impostergable para frenar el avance implacable del crimen organizado transnacional, el narcotráfico y la violencia en los barrios, esta alianza multinacional viste la urgencia de la seguridad ciudadana para legitimarse en la política local.
La incorporación plena se oficializó el 22 de septiembre de 2026, cuando la Cancillería comunicó que el país abandonaba su rol de observador para sumarse formalmente a una estructura voluntaria de coordinación gubernamental orientada a combatir a organizaciones criminales regionales. El presidente José Antonio Kast, en el marco de una reunión en Nueva York encabezada por el presidente estadounidense Donald Trump, enfatizó con celeridad que la medida no constituye un tratado internacional formal ni contempla el despliegue ni la presencia de tropas extranjeras operando dentro del territorio chileno.
Ciertamente, las promesas de acceder a inteligencia militar avanzada en tiempo real, presenciar operativos conjuntos y contar con el respaldo económico del Comando Sur de los Estados Unidos se presentan como un bálsamo tentador para una ciudadanía agobiada por la delincuencia. Sin embargo, detrás de esa vistosa fachada de protección se oculta un complejo diseño geopolítico concebido en Washington con el propósito de realinear las lealtades del continente americano.
Al mirar con algo de detención los alcances de esta iniciativa, podemos ver que el Escudo de las Américas funciona operativamente como el principal instrumento de contención de Estados Unidos frente al creciente avance económico e infraestructural de China en la región.
Para las autoridades estadounidenses ya no resulta suficiente obtener compromisos tácticos en la incautación de drogas o la persecución de bandas criminales; ahora demandan un alineamiento doctrinal y estratégico que obliga a los países sudamericanos a tomar postura en una reedición de algo sospechosamente parecido a la Guerra Fría.
Muestra de esta presión fue el llamado realizado en agosto de 2026 por el secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, quien instó a los diecinueve países miembros de la alianza a retirarse de la Corte Penal Internacional por considerarla una amenaza a la soberanía, al tiempo que el subsecretario Elbridge Colby tildó de absurdo que las naciones sudamericanas destinen menos del uno por ciento de su PIB a gastos de Defensa.
La Cancillería chilena rechazó de plano la exigencia respecto a la Corte Penal Internacional y el propio ministro de Defensa, Fernando Barros, tuvo que matizar los postulados de la doctrina Monroe asegurando con firmeza que Chile no es el patio trasero de ninguna potencia.
Sin embargo, bajo esta lógica, la agenda de seguridad interior corre el riesgo de quedar supeditada a las prioridades globales de una superpotencia decidida a resguardar bajo su influencia los yacimientos de cobre y litio indispensables para la transición energética, condicionar la licitación de infraestructura pública estratégica y frenar el desarrollo tecnológico de sus competidores geoeconómicos, sacrificando así décadas de no alineamiento activo y pragmatismo comercial.
Esto pone al descubierto la fragilidad del modelo agroexportador y minero de Chile, que se ve atrapado en la pugna entre los dos colosos del XXI. Si bien el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos ampara inversiones claves en áreas como la energía, las finanzas y la tecnología, la relación comercial con China representa el motor fundamental de las exportaciones nacionales.
Las cifras de 2025 así lo demuestran: el mercado chino absorbió el 34 por ciento de las exportaciones chilenas con un récord histórico de 49.565 millones de dólares impulsado por el cobre y el litio, superando holgadamente a Estados Unidos, que concentró solo el 17 por ciento de los envíos.
Al asumir las exigencias del Escudo, Chile se expone a que Washington invoque cláusulas de seguridad nacional para frenar el ingreso de capitales o tecnologías asiáticas (recordando tensiones pasadas como las presiones contra la tecnología 5G de Huawei o la inclusión arbitraria de Chile en el informe estadounidense sobre la Gran Estafa del Transbordo). Una alineación militar de esta envergadura difícilmente pasará inadvertida para China, que posee la capacidad de aplicar represalias sutiles pero contundentes mediante trabas aduaneras, barreras fitosanitarias o demoras administrativas.
El antecedente de Australia entre 2020 y 2023 evidencia el peligro ante un distanciamiento político, China impuso aranceles que le costaron a la economía australiana alrededor de veinte mil millones de dólares, dejando una lección evidente sobre los riesgos que asume un país pequeño al involucrarse en conflictos ajenos.
Pero ¿cómo impactan estas pugnas geoeconómicas y diplomáticas la vida diaria de los ciudadanos? Basta con mirar a una familia chilena, como la familia González. En este hogar, el señor González trabaja en una empresa de logística vinculada al movimiento de carga marítima en el puerto, mientras la señora González se desempeña como profesional en el sector público, sumando esfuerzos para sacar adelante a su familia. Como la mayoría de las familias chilenas, ellos anhelan vivir sin temor a la delincuencia y ven con buenos ojos las promesas de recuperar la paz en sus barrios. Sin embargo, si las tensiones geopolíticas provocan un enfriamiento del comercio con Asia que frene los embarques de minerales y alimentos en las instalaciones portuarias donde trabaja el señor González, la estabilidad de su empleo se vería amenazada en pocos meses. Al mismo tiempo, las limitaciones a los bienes importados y el alza en los costos de insumos tecnológicos elevarían el valor de la canasta básica, reduciendo de manera sustancial el poder adquisitivo del hogar. De este modo, la tan anhelada tranquilidad en las calles terminaría pagándose con precarización laboral y con angustia económica, básicamente el tan mencionado como llegar a fin de mes.
Ante la tentación pragmática de encomendar la protección del país a una potencia militar extranjera, cobra especial relevancia la antigua advertencia registrada en los escritos del profeta Isaías 31: ¡Que aflicción les espera a los que buscan ayuda en Egipto, que confían en sus caballos, en sus carros de guerra y en sus conductores y dependen de la fuerza de ejércitos humanos en lugar de buscar ayuda en el Señor, el santo de Israel!.
Más allá de cualquier dimensión confesional, la enseñanza de este pasaje encierra un principio político permanente, buscar un resguardo apresurado bajo la sombra de un protector poderoso con la intención de resolver problemas internos suele guardar el costo oculto de la subordinación y la servidumbre. Permitir que los intereses de una potencia pauten las políticas públicas del país vulnera la soberanía del Estado y arrastra a la nación a controversias internacionales en las que no tiene participación ni beneficio, tal como lo ilustran las recientes operaciones militares de Estados Unidos contra embarcaciones en aguas del Caribe y el Pacífico, que han dejado más de 200 muertos en decenas de intervenciones bajo serias dudas de legalidad internacional.
Por otra parte, la adhesión al Escudo de las Américas tampoco debe ser presentada como si Chile hubiera firmado automáticamente un tratado de defensa colectiva. El propio Gobierno ha insistido en que la iniciativa no constituye un tratado. Sin embargo, la declaración conjunta sí contempla cooperación económica, seguridad y coordinación multilateral, e incluso incorpora una referencia a la posibilidad de avanzar en mecanismos colectivos frente a organizaciones consideradas narcoterroristas.
Por ello, solo referirse en términos de, la frase “no es un tratado” tampoco resuelve el debate. Lo relevante no es qué nombre jurídico tiene el documento, sino qué compromisos políticos, operativos y estratégicos se desprenden de él y cómo serán implementados dentro del ordenamiento jurídico chileno.
Entonces, aceptar la integración al Escudo de las Américas sin haber promovido un debate ciudadano transparente, sin someter el acuerdo al riguroso examen del Congreso (tal como cuestionó el diputado Ignacio Achurra al denunciar la falta de información pública sobre los compromisos asumidos) y sin fijar contrapesos institucionales sólidos, equivale a intercambiar una promesa ilusoria de seguridad inmediata por un sometimiento geopolítico de largo plazo.
El real resguardo para el futuro de Chile no se encuentra en operar como un peón prescindible en el tablero geopolítico de las grandes potencias, sino en fortalecer con recursos y criterio propio sus organismos de inteligencia, sus policías, sus instituciones judiciales y el control efectivo de sus fronteras, preservando intacta la capacidad soberana de trazar su propio rumbo político y comercial ante el mundo.