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Transición estancada en Gaza: por qué se disuelve el gobierno de Hamás y qué factores lo explican

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A comienzos de semana, Hamás, el grupo islamista que gobierna la Franja de Gaza, anunció que disolverá su administración y transferirá la gestión a un comité transitorio de expertos. Según la organización, el objetivo es despejar el camino para el Comité Nacional para la Administración de la Franja de Gaza (NCAG), que asumiría la conducción civil dentro del plan de paz auspiciado por Estados Unidos.

El alcance real del anuncio genera debate: no está claro si supone un viraje político o si se trata de un gesto principalmente simbólico. Israel respondió con recelo. El canciller Gideon Saar afirmó que, mientras Hamás mantenga su armamento, cualquier autoridad civil operará bajo su influencia. Para Jerusalén, la condición indispensable de una reconfiguración política es el desarme total de Hamás y la desmilitarización de Gaza.

Analistas interpretan la decisión no como una simple puesta en escena ni como una renuncia efectiva al poder, sino como un intento de reactivar un proceso político paralizado durante meses sin comprometer, por ahora, la entrega de armas. El plan de paz estadounidense ya contemplaba desde 2025 una administración de tecnócratas independientes. A inicios de 2026, el NCAG comenzó a organizarse como órgano de transición con expertos palestinos, cuyos integrantes siguen en El Cairo a la espera de autorización para ingresar a Gaza.

Para Simon Wolfgang Fuchs, especialista en islam y profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén, lo relevante no es la disolución formal, sino el mensaje: con un tono inusualmente moderado, Hamás busca dejar claro que el bloqueo del proceso no recaerá sobre sus hombros. A su juicio, el anuncio pretende reanimar una transición que debía estar en marcha y que incluía la retirada gradual de tropas israelíes de la franja. Ocurrió lo contrario: Israel controla hoy áreas más amplias que meses atrás. En ese contexto, la declaración sería un intento de romper la parálisis y reimpulsar la vía política.

Otros expertos coinciden. Estiman que Hamás procura quitar a Israel el argumento de que la reconstrucción fracasa por su permanencia en el poder y, a la vez, aumentar la presión sobre Israel y Estados Unidos.

Persisten, sin embargo, interrogantes de fondo. Numerosos análisis ubican el nudo del conflicto en el abandono de las armas. Informes de seguimiento del Consejo de Seguridad de la ONU recuerdan que una hoja de ruta de 15 puntos elaborada por la Junta de la Paz exige que Hamás renuncie a todas las funciones militares, policiales y administrativas, y que un comité de tecnócratas asuma por completo el gobierno transitorio. Ese plan prevé acciones paralelas: desarme de Hamás y retirada gradual de Israel. Hasta ahora, esas medidas interdependientes no avanzan, lo que mantiene bloqueado el proceso.

Fuchs considera que el componente militar es la prueba decisiva. Por un lado, hay señales de que Washington prioriza la instalación de una administración civil antes que un desarme inmediato. Por otro, ese enfoque alimenta el escepticismo israelí: preocupa que Hamás esté dispuesto a hablar de estructuras civiles mientras pospone indefinidamente la dimensión militar. Además, el traspaso de poder anunciado no ha tenido efectos prácticos visibles; por ahora, la disolución parece sobre todo simbólica.

Resta comprobar si el movimiento de Hamás derivará en un verdadero avance político. Podría dar oxígeno a la negociación estancada, pero no resuelve el conflicto de fondo. Sin una administración de transición operativa en Gaza y sin progresos tangibles en seguridad, desarme y reconstrucción, el gesto probablemente quede, de momento, como una señal política de desenlace incierto.