La última cifra de inflación en Argentina volvió a sorprender a la baja: junio cerró con 1,9%, tercer mes consecutivo de desaceleración tras el 2,6% de abril y el 2,1% de mayo. Sin embargo, en las góndolas y cajas de los supermercados esa mejora no se traduce en alivio.
“Dicen que baja la inflación y no lo veo: cada vez que vengo pago más”, comenta Marta, jubilada, al revisar el ticket al salir de un almacén de barrio. Rodrigo, empleado administrativo, cuenta que ya no llega a fin de mes ni con la tarjeta: “Pago el mínimo y sigo debiendo”. Lucía, docente, resume el malestar: “En la tele el número luce bien, pero la luz, el gas y el colegio se llevan todo. La plata no alcanza”.
Esa brecha entre el índice y lo que perciben los hogares tiene fundamento. “La gente mide su situación por el ingreso disponible, lo que queda tras pagar alquiler, tarifas, transporte, salud, colegio y, cada vez más, deudas”, explica a BioBioChile José Guardia, economista de Fortress Consulting. “Ese ingreso disponible todavía está, en promedio, alrededor de 15% por debajo de 2023, peor que el salario real antes de esos descuentos, porque los servicios regulados aumentaron mucho más que el resto”, añade.
Guardia ilustra con un caso: “Una familia de clase media baja puede estar destinando hoy más del 20% de sus ingresos a servicios públicos, más de cuatro veces lo que representaban a fines de 2023”. A esto se sumó el sobreendeudamiento: “Los pagos de capital e intereses de los hogares equivalen a cerca del 24% de la masa salarial y la morosidad subió al 12%, el nivel más alto en más de dos décadas”. Con este panorama, dice, un 1,9% mensual no cambia la sensación de no llegar a fin de mes.
El economista identifica además dos factores que alimentan la desconfianza. Por un lado, la gente percibe niveles de precios, no la velocidad a la que suben: que la inflación baje de 3,4% en marzo a 1,9% en junio implica aumentos más lentos, pero aumentos al fin, con un 33,5% acumulado en doce meses. Por otro, los promedios esconden realidades dispares: el sector privado registrado casi recuperó los niveles de 2023, mientras que el ingreso disponible de un empleado público cayó más de 30%. La canasta de un jubilado, docente, policía, militar, personal de salud o administrativo estatal poco se parece a la del promedio que mide el INDEC.
También pesa cómo se compone la baja y la memoria inflacionaria. La desaceleración se apoyó en bienes anclados por el tipo de cambio y un consumo débil, pero los gastos mensuales siguieron más calientes: vivienda y servicios treparon 3,3%, y recreación y turismo 4,2%. Tras años de alta inflación, las expectativas ceden con lentitud.
Rodrigo ya no mira el IPC, sino el resumen de la tarjeta: “Veo cuánto límite me queda y cuánto pagué de intereses. Ese es mi termómetro, no el dato del Gobierno. Y ese número, para mí, no bajó”.
¿Desaceleración consolidada o frágil? Guardia es prudente: “Se puede afirmar que la baja es real y tiene impulso, pero aún no está consolidada. Son tres datos consecutivos menores (2,6%, 2,1% y 1,9%) y, sobre todo, la inflación núcleo cayó a 1,6%, el menor nivel en casi un año”.
La cautela de Fortress Consulting responde a dos razones. La primera, externa: “El FMI revisó al alza la inflación global a 4,7% para 2026 por energía y alimentos. Con la inflación local en estos niveles, un shock importado pesa más que cuando corría al 20%”. El petróleo es clave: “El Brent supera los 85 dólares por la tensión en el estrecho de Ormuz. En ese rango, resulta difícil desandar los aumentos de combustibles de marzo y abril y eso fija un piso a la inflación”. No descarta, no obstante, un escenario mejor: “Si se descomprime Medio Oriente y el crudo cae por debajo de 70, habría margen para bajar las naftas y el impacto a la baja sería fuerte”.
La segunda razón es estructural: “La etapa del 2% mensual es la más difícil. Bajar de tres dígitos a 30% es lo rápido; pasar de 30% a un dígito llevó entre tres y doce años en experiencias comparables”. Cita un espejo internacional: “Israel estuvo más de una década en la meseta del 15-20% antes de perforar el dígito, y el atajo del ancla cambiaria en Brasil terminó en la crisis de 1999”.
“Por eso la llamamos una fase crítica”, define Guardia. “Si la desaceleración se sostiene varios meses, gana credibilidad; pero si aparece un shock, externo o interno —las elecciones pueden presionar el tipo de cambio—, un rebote es posible con una economía ampliamente indexada”. La tendencia es clara, concluye, pero transformarla en una salida definitiva de la inflación crónica aún no está asegurado.




