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De Sedini al enfoque Kast: razones por las que la vocería de Gobierno aún complica a La Moneda

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María José de la BarraPeriodista Política Radio Bío Bío Santiago

La renuncia de Mara Sedini parecía zanjar uno de los primeros flancos comunicacionales del Gobierno: la vocería. Pero las críticas persistieron. Hoy el foco no recae solo en una figura, sino en el diseño completo con que La Moneda decidió comunicar.

Mientras el Ejecutivo opta por repartir la vocería entre ministros sectoriales y reducir las intervenciones institucionales, desde la oposición, parte del oficialismo y analistas advierten que la falta de una voz estable debilita la capacidad para explicar decisiones, marcar agenda y dirigirse al país.

Algunos van más lejos: sostienen que el problema ya no es la ausencia de un vocero, sino la dificultad del Gobierno para articular un relato coherente de sus principales reformas, un déficit que, si no se corrige, podría pasarle factura cuando deba mostrar resultados ante la ciudadanía.

La vocería de Gobierno tras Sedini: el rediseño de Kast

La Moneda modificó de raíz su esquema de vocerías: distribuyó la comunicación entre ministros, eliminó la pauta semanal y abandonó la figura única encargada de explicar al Ejecutivo.

En Palacio recalcan que nunca existió la intención de replicar el modelo de vocerías institucionales que caracterizó a administraciones anteriores.

Durante el gobierno de Gabriel Boric, por ejemplo, la entonces ministra Camila Vallejo comparecía los lunes para fijar postura y responder a la prensa.

En esta administración la lógica fue distinta: no se fijó un día para hablar, bajo la premisa de que el Gobierno debía pronunciarse cuando hubiera novedades y no por cumplir calendario. Tras la salida de Mara Sedini, hubo además un nuevo ajuste interno.

Primero se buscó que el subsecretario Máximo Pavez tomara con mayor fuerza la contingencia política y que el ministro del Interior y secretario general de Gobierno, Claudio Alvarado, se concentrara en temas institucionales.

Hoy el foco está en fortalecer a los ministros sectoriales. La contingencia queda, en general, en manos de Claudio Alvarado. La apuesta, explican quienes conocen el diseño, es que las autoridades a cargo de cada política la expliquen directamente, incluso varias veces por semana.

Aun así, en Palacio admiten que el Gobierno debe mejorar “el ritmo y la chispa” de sus comunicaciones, aunque subrayan que el tono de campaña no es trasladable a la comunicación institucional de la Presidencia.

El sello Alvarado

Aunque reconocen que falta “más ritmo y chispa”, en el Ejecutivo hacen una distinción clave: el tono de campaña no sirve para gobernar y la comunicación institucional exige sobriedad.

Ese parece ser el estilo de Claudio Alvarado: reservado, sin afán de frases rimbombantes. A diferencia de su antecesora, no limita preguntas y suele ofrecerse a responder cuando la coyuntura lo requiere. Paradójicamente, pese a haber menos vocerías formales, muchos periodistas consideran que hoy es más accesible que durante la gestión de Sedini.

El propio ministro ha asumido esa impronta sin complejos.

“Si mi respuesta es fome, lo lamento”, dijo al ser consultado por las críticas que dejó la salida de Sedini.

Semanas después, en la Cuenta Pública de la Segegob, reforzó la idea: “Aunque seamos fomes, hablamos claro.”

Más que una ocurrencia, terminó convirtiéndose en una suerte de declaración de principios.

Francisco Vidal: “Una vocería no solo responde preguntas”

Para quienes han estado en ese cargo, el debate trasciende quién enfrenta los micrófonos. El exministro Francisco Vidal afirma que el problema es de arquitectura política. A su juicio, el error comenzó antes de la salida de Sedini, al dejar a la vocera fuera del comité político, donde se toman las principales decisiones del Ejecutivo.

“Yo no podía creer que la ministra Secretaria General de Gobierno no participara en el comité político”, dijo a BioBioChile.

Para Vidal, no designar un nuevo vocero profundizó ese diseño. “La vocería de gobierno, en la tradición de Chile, es parte de la lucha comunicacional, que es fundamental en la lucha política, tanto para defender al gobierno cuando es atacado, como para promover, anunciar y visibilizar los avances”, señaló.

A su juicio, traspasar esa tarea al ministro del Interior tampoco resuelve el problema. “Claudio Alvarado ya tiene harta pega como ministro del Interior y, de hecho, habla muy poco”.

Y concluye: “La suma de todo esto conduce a que un gobierno y un presidente que alcanzó la más alta votación en la historia de Chile a los 150 días esté en el suelo, con un promedio de adhesión en las encuestas de entre el 30 y el 35%.”

Las críticas de la oposición: “No hay vocero”

La exministra Camila Vallejo instaló el tema. “Al menos lo que he visto es que han decidido eliminar las vocerías formales e institucionales de gobierno y yo creo que eso le hace mal a la institucionalidad democrática del país”, dijo.

Y fue más allá: a su juicio, el problema “no es comunicacional, es un problema político, de diseño del Gobierno”, pues se habría intentado trasladar al Ejecutivo una lógica propia de campaña.

La diputada Gael Yeomans (FA) coincide en parte: “No hay vocería, y creo que eso ya es un hecho incluso para quienes son parte del Gobierno”. Según ella, la falta de comunicación constante afecta directamente a la ciudadanía.

Para el senador Diego Ibáñez (FA), el punto es más profundo: “No hay vocería porque no hay nada bueno que comunicar”, afirmó, sugiriendo que el Ejecutivo debiera enfocarse primero en mejorar sus políticas públicas.

El senador DC Iván Flores apunta a la pérdida de una figura dedicada en exclusiva a esa función, lo que, a su juicio, desdibuja el rol: “Las mejores vocerías en los últimos años son por lejos la de Pancho Vidal y la de Aisén Etcheverry. Eran vocerías oportunas, adecuadas, informativas. Hacían su trabajo político. Hoy día estamos bastante al debe”, sostuvo.

Llama la atención que las dudas sobre la estrategia comunicacional ya no provienen solo de la oposición.

Las dudas desde el entorno del oficialismo

La exalcaldesa Evelyn Matthei (UDI) coincidió con Vallejo al señalar que “en realidad no hay vocería”.

Más llamativo fue lo dicho por el diputado RN Diego Schalper, quien valoró la gestión del Gobierno, pero afirmó que falta alguien que diariamente “fije la línea”. Su metáfora condensa el debate.

“Necesitamos un parlante.” “Hoy el Gobierno hace muchas cosas correctas todos los días (…) se restablecieron relaciones consulares con Venezuela, se anuncian bonos, medidas laborales y la incorporación de nuevos cánceres al GES. Cada una de estas noticias pasa absolutamente en banda”, planteó.

Desde el PDG, la diputada Zandra Parisi ofreció un diagnóstico similar: “El problema no tiene que ver solamente con quién va a hablar. Hay mucha falta de coordinación, mensajes de bajo contenido y disputas internas por imponer la propia agenda”, dijo.

En la UDI, el senador Iván Moreira puso el acento en la disciplina interna: “Lo que necesita el Gobierno no es un vocero, es lealtad. Basta de fuego amigo. Las críticas en privado. Si este Gobierno no logra sacar adelante su agenda, quienes más tendrán que dar explicaciones serán aquellos partidos y aquellas personas que prefieren el protagonismo personal antes que la lealtad con el proyecto que representamos”.

Sus palabras muestran que la discusión dejó de ser solo comunicacional y comenzó a tensionar también las relaciones entre los propios partidos oficialistas.

¿El problema es la vocería o el relato?

Para el analista político Marco Moreno, el punto no es la multiplicidad de voces. “Los gobiernos complejos necesitan múltiples voces. El problema aparece cuando esas vocerías no parecen responder a una arquitectura comunicacional común”, explica.

A su juicio, reducir la frecuencia de vocerías puede ser razonable en tiempos normales, pero es riesgoso en crisis o controversias, porque ese espacio lo ocupan mensajes dispersos y relatos que compiten.

Otros creen que el debate mira el síntoma y no la causa. Para el sociólogo Alberto Mayol, centrar la discusión en la ausencia de un vocero es quedarse en la superficie de un problema más hondo.

Según el académico, hoy coexisten al menos tres doctrinas dentro del Gobierno: una ligada al “kastismo”, otra representada por el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, y una tercera encarnada por el ministro de Vivienda, Iván Poduje.

“Son tres doctrinas distintas; dos de ellas incluso incompatibles, y ninguna predomina. Todo eso construye una condición de desestructuración importante”, afirma.

Para Mayol, el déficit comunicacional puede acarrear costos políticos si los proyectos no se logran explicar y las expectativas no se traducen en resultados. “La historia enseña que cuando los gobiernos enfrentan situaciones como esta y no saben explicar sus propios proyectos, generan una condición de tensión que después se manifiesta en la ciudadanía”, advierte.

“Cuando la eficacia falla en política —es decir, cuando no se implementan las soluciones prometidas— aparece uno de los males más corrosivos para cualquier gobierno”, concluye.