
La lucha entre altura y calidad de vida está de vuelta
Opinión
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COLUMNA DE OPINIÓN
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Simplemente no creo que la altura sea la solución a los problemas de la ciudad, como tampoco creo que sea su problema. El primer error quizás sea haber convertido la ciudad baja en sinónimo de buena ciudad y los edificios altos en responsables de todos nuestros males urbanos.
Los índices internacionales ofrecen una primera paradoja. En el Mercer Quality of Living, Auckland y Vancouver aparecen entre los primeros lugares, mientras Londres y Nueva York continúan siendo referencias urbanas globales. Todas contienen barrios de considerable altura y elevados estándares de vida. No gracias a sus torres, naturalmente, sino porque la altura parece explicar bastante menos de lo que solemos atribuirle.
Chile ofrece una paradoja todavía más incómoda. Providencia, Las Condes o Vitacura combinan altos índices de calidad de vida con importantes sectores de edificación en altura, mientras muchas comunas predominantemente bajas presentan condiciones urbanas bastante peores.
Sería absurdo concluir que las torres producen calidad de vida. Pero resulta igualmente difícil sostener lo contrario: que bajarlas vaya a producirla. Quizás el problema sea que la ciudad es un organismo demasiado complejo para explicarlo con una sola variable.
Los índices de calidad de vida urbana no cuentan pisos. Miden movilidad, entorno, salud, seguridad, trabajo, medioambiente y servicios. Y podríamos agregar aquello que experimentamos cada día: la vereda, el árbol, el café, la plaza, las distancias y ese espacio sutil que queda entre los edificios.
Mey Zamora recordaba en La Vanguardia algo elemental: calles, edificios y servicios públicos se relacionan directamente con nuestra salud. Nos afectan el ruido y la contaminación, pero también el árbol que falta, la vereda que se estrecha, el transporte que no llega o las horas que diariamente entregamos al desplazamiento.
La calidad de una ciudad no se contempla solamente desde la ventana de un departamento. Se descubre al bajar a la calle.
Una ciudad extendida y de baja densidad puede imponernos kilómetros de desplazamiento, congestión y elevados costos ambientales. Una ciudad más densa y compacta, bien proyectada y gobernada, puede ofrecernos parques, transporte, cafés, cultura, comercio y servicios a distancia caminable o bicicletable. La escala del edificio y la escala de la vida no son la misma cosa.
Ejemplos cercanos bastan para ponerlo en duda. Pucón-Villarrica o Bariloche poseen paisajes extraordinarios y edificaciones predominantemente bajas y, sin embargo, sufren congestión y largos desplazamientos. Parece perfectamente posible deteriorar una ciudad sin levantar un solo rascacielos.
Quizás hemos depositado demasiada responsabilidad en la altura y demasiado esfuerzo en restringir, cuando deberíamos dedicar bastante más a comprender, proyectar y gobernar la complejidad urbana.
Porque una ciudad no es una colección de edificios buenos o malos. Es la relación entre ellos, las calles que los conectan, los árboles que los acompañan, los servicios que los sostienen y, sobre todo, el espacio que dejan para nuestra vida común.
Y allí sí tenemos responsabilidades: los arquitectos que proyectamos, las inmobiliarias y organismos públicos que construyen, los urbanista que desarrollan los planos reguladores y por sobre todos quienes administran la ciudad. Limitar la altura es relativamente sencillo; bastante más difícil es conseguir que cada edificio, alto o bajo, sea un aporte para hacer una mejor ciudad. Trabajemos por eso.