El 4 de octubre de 2026, Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro (2019-2022), quedó en primer lugar en la primera ronda de las elecciones presidenciales de Brasil, al recibir el 47,03% de los votos válidos, más de 56 millones de sufragios. El presidente en ejercicio, Luiz Inácio Lula da Silva, obtuvo el 45,16 %, cerca de 54 millones de votos. Según las reglas electorales brasileñas, un candidato solo gana en primera vuelta si supera el 50 % de los votos válidos. Si nadie lo consigue, los dos aspirantes con más votos pasan a una segunda ronda, que este año tuvo lugar el 25 de octubre.
Desde la restauración de la democracia brasileña, a finales de los años ochenta, ningún aspirante que hubiera quedado en segundo lugar en la primera vuelta había conseguido cambiar el resultado de una elección presidencial. Hasta ahora. La remontada de Lula constituye, por ello, un hecho histórico. Sin embargo, la sorpresa debe ponerse en contexto: nunca antes, en una presidencial con balotaje, la distancia entre los dos primeros candidatos en la primera ronda había sido tan reducida. Es decir, la victoria de Lula sorprendió por el precedente que quebró, pero menos por la brecha que tenía que remontar: menos de dos puntos porcentuales de los votos válidos (Figura 1).
Figura 1 – Diferencia entre el candidato más votado y el segundo en la primera ronda de las elecciones presidenciales con balotaje

Quizás la sorpresa mayor no fue la remontada, sino los más de 10 millones de votos adicionales que consiguió Lula, elevando su porcentaje al 51,79 % de los sufragios válidos en la segunda vuelta. ¿Qué factores explican ese resultado?
Una herramienta del mandatario: el uso electoral de los recursos estatales.
En América, cada vez es más común que los presidentes en ejercicio que ven peligrar su reelección aprovechen la visibilidad y los recursos del gobierno para anunciar iniciativas atractivas para la ciudadanía. En las tres semanas entre las dos rondas, Lula comunicó medidas cuyo impacto financiero superaba los 2.800 millones de dólares. Ocho días después de la primera vuelta dio a conocer reducciones de impuestos a los combustibles por 30 días; el 13 de octubre anunció la condonación de deudas para 3,6 millones de microemprendedores; y, seis días antes de la segunda ronda, informó que adelantaría los pagos de Bolsa Família, su programa social más emblemático, que entrega cerca de 132 dólares al mes a casi 19 millones de familias brasileñas. A esas iniciativas se agregaron otras propuestas de amplio alcance, como ofrecer transporte público gratuito los fines de semana. En conjunto, estas acciones permitieron al gobierno volver a poner los beneficios tangibles en el centro de la campaña.
Con todo, sería equivocado atribuir la victoria de Lula únicamente a esas decisiones gubernamentales, claramente motivadas por intereses electorales. Jair Bolsonaro aplicó tácticas parecidas en 2022, pero no consiguió la reelección. Entre las dos rondas de aquel año, incorporó 500.000 familias a Auxílio Brasil —el nombre que sustituyó a Bolsa Família por su asociación con Lula— y elevó en un 50 % el pago mensual. También concedió alrededor de 200 dólares a camioneros y taxistas mientras subían los combustibles, e intervino directamente en la petrolera estatal Petrobras para bajar los precios.
En las presidenciales argentinas de 2023 también se vieron estrategias similares. Sergio Massa, entonces ministro de Economía del gobierno de Alberto Fernández, promovió un paquete de medidas económicas para transferir recursos a los votantes. El llamado “Plan Platita” incluía bonos extraordinarios para trabajadores informales y del sector público, asistencia económica para jubilados y pensionados, alivios tributarios para pymes y otras iniciativas. Más recientemente, en septiembre de este año, el presidente Donald Trump planteó entregar 5.000 dólares a cada adulto si los republicanos conservaban el control de ambas cámaras del Congreso en las elecciones legislativas de medio mandato. Tras una victoria contundente del Partido Demócrata, el “dividendo de Trump”, como lo bautizó el propio mandatario, nunca se concretó.
Más allá de las urnas: los frentes de la movilización.
Para cambiar el resultado, Lula debía, en términos generales, avanzar en tres ámbitos: atraer a quienes habían votado por otros candidatos en la primera ronda; convencer a algunos votantes que habían respaldado a Flávio Bolsonaro; y movilizar a las personas que se abstuvieron o votaron en blanco o nulo. Los demás candidatos sumaron casi el 8 % de los votos, pero eran considerados más cercanos a la derecha, por lo que sus apoyos podían transferirse con mayor facilidad a Flávio. La segunda opción parecía muy poco probable, ya que la polarización existente dificulta los cambios de preferencia de ese tipo. Por ello, movilizar a quienes no habían votado y a quienes emitieron sufragios inválidos se perfilaba como un frente fundamental. La abstención llegó al 21,08 % del padrón, y los votos blancos y nulos representaron el 4,77 % de los sufragios.
Ante ese panorama, Lula combinó advertencias sobre los riesgos de un retorno del bolsonarismo al poder con esfuerzos por incentivar la participación de quienes no habían votado a comienzos de octubre. Dos espacios de movilización son especialmente relevantes: el entorno digital y el espacio físico de las calles. Así, la política de redes sociales del siglo XXI coincidió con una práctica democrática de larga data: ocupar plazas y calles, congregar a la ciudadanía y visibilizar una causa común.
Los estudios especializados reconocen que las manifestaciones pueden servir para presionar a los gobiernos, en particular para reclamar políticas públicas. Sin embargo, la elección brasileña permite explorar otra faceta: de qué modo la acción colectiva puede incidir en la decisión de votar, persuadir a indecisos y transmitir que la contienda aún no está resuelta. También existía el temor de que los adversarios usaran imágenes de las protestas para describirlas como actos de desorden y generar una reacción contraria. Aunque el resultado electoral no permite determinar cuál de estos efectos prevaleció, sí evidencia que las manifestaciones ocurrieron en un contexto de fuerte crecimiento de la participación.
La izquierda ocupó las calles y mostró una disposición renovada a disputar la elección. Según reportes de la prensa brasileña, hubo manifestaciones de apoyo a Lula en 59 ciudades de 24 de las 27 unidades federativas del país, señal de que las movilizaciones fueron más allá de las capitales. Entre las mayores estuvieron las de São Paulo, el 11 de octubre, con más de un millón de asistentes; Brasilia, el 18 de octubre, con una concurrencia estimada en 200.000 personas; y Salvador, ese mismo día, con alrededor de 500.000 manifestantes. La concentración más numerosa se realizó la víspera de la segunda vuelta, el 24 de octubre: de acuerdo con los organizadores, más de dos millones de personas llenaron la Avenida Paulista, una de las principales vías de São Paulo (Figura 2).
Figura 2 – Lula en la principal avenida de São Paulo (Avenida Paulista), días antes de la segunda vuelta

En las elecciones de 2018 y 2022 no hay constancia de manifestaciones de una magnitud comparable; la más concurrida reunió a cerca de 70.000 personas. Más allá del número de asistentes, sobresalieron el contexto en que tuvieron lugar estas movilizaciones y su carácter espontáneo.
Incluso si Lula hubiera sido derrotado, este retorno de la izquierda a las calles ya habría dejado una huella en las elecciones de 2026. Desde 2016, la derecha había encabezado con más frecuencia las grandes movilizaciones nacionales, mientras la izquierda tenía dificultades para convocar multitudes de intensidad semejante. Reunirse cara a cara puede modificar la percepción de quienes se sienten aislados políticamente o creen que una derrota es inevitable. Al mostrar que existe voluntad de continuar, las manifestaciones pueden volver a abrir, al menos para sus participantes, una contienda que parecía decidida.
En su libro La llamada de la tribu, Mario Vargas Llosa destaca la fuerza de identificarse con un colectivo y, a la vez, advierte sobre el peligro de que este anule la libertad individual. Esa tensión también forma parte de la democracia: hace falta crear vínculos y actuar en conjunto sin abandonar la posibilidad de pensar de manera diferente. Quienes seguían la campaña en soledad podían encontrarse en las calles con personas que compartían sus inquietudes y estaban dispuestas a movilizarse. Ese contacto puede convertir el desánimo en acción: conversar, tratar de convencer a alguien indeciso o animar a votar a una persona que pensaba abstenerse. Formar parte de un movimiento también puede significar entender que la acción propia, sumada a la de miles de personas, puede influir en el resultado.
El Ejército de Lula: la creación de un ejército digital
En esa misma línea se inscribe la movilización digital del llamado “Ejército de Lula”, organizado por el diputado federal de izquierda André Janones. Mediante un canal de WhatsApp que superó los 10 millones de seguidores al cierre de la campaña, el movimiento creó una red de simpatizantes que actuaban de manera coordinada en distintas plataformas digitales, en particular Instagram, Facebook y X. La organización contaba con una cadena de mando, procedimientos establecidos y una serie de tareas llamadas “misiones”, que los participantes debían cumplir.
WhatsApp operaba como el centro de coordinación: André Janones, diputado del Partido de los Trabajadores y “General de Whatsapp”, definía las prioridades e indicaba a los integrantes qué materiales difundir, en cuáles plataformas y de qué forma. La ejecución quedaba en manos de miles o millones de seguidores, quienes voluntariamente usaban sus cuentas personales para replicar y amplificar los mensajes.
La Figura 3 reúne los llamados “Mandamientos del Ejército”, un documento que organizaba las indicaciones que recibían los integrantes.
Figura 3 – Los mandamientos del Ejército de Lula

El texto enumeraba siete acciones para cuando el líder pedía impulsar una publicación: indicar que gustaba, comentar, compartir, enviarla por mensaje directo, distribuirla por WhatsApp, ver los videos hasta el final y utilizar los hashtags definidos por la coordinación. En vez de promover expresiones de apoyo individuales, las instrucciones pretendían uniformar la conducta del grupo para aumentar la circulación de los contenidos. La recomendación de ver los videos también demuestra una atención explícita a los sistemas algorítmicos que determinan su recomendación y visibilidad.
El testimonio de Carla Abreu, psicóloga de 52 años que vive en una localidad del interior del estado de Río de Janeiro y se sumó al Ejército de Lula desde sus comienzos, permite entender cómo los miembros incorporaban esas instrucciones. Según ella, las misiones también servían para aprender colectivamente cómo funcionan las redes sociales. Antes de ingresar al movimiento, Carla interactuaba con las publicaciones sobre todo con “me gusta”. Luego comprendió que se valoraba combinar distintas acciones: “No bastaba con dar ‘me gusta’. Teníamos que dar ‘me gusta’, compartir, republicar, comentar, subir el contenido a las historias”. A su parecer, los integrantes aprendieron a involucrarse de manera más completa y pasaron de consumir contenidos políticos a participar activamente en su difusión.
La disciplina del grupo y su expansión colectiva
El mismo documento (Figura 3) proponía una rutina diaria. A los miembros se les pedía activar las notificaciones del canal o reservar un momento cada día para completar las misiones de las últimas 24 horas. También se aconsejaba no interactuar con adversarios políticos ni con publicaciones negativas. Esta recomendación reflejaba una estrategia para concentrar las interacciones: en vez de gastar esfuerzos discutiendo con los opositores, los seguidores debían dirigir su actividad a los contenidos escogidos por la coordinación. Se buscaba convertir numerosas acciones individuales en una circulación digital intensa y concentrada. Carla explica que esta dinámica pretendía evitar que las publicaciones de la derecha se hicieran más visibles en las redes sociales.
La Figura 4 muestra de forma aún más clara la estructura de mando, mediante mensajes de Janones en los que fija objetivos para ampliar el canal. En uno de ellos, el diputado pide a los participantes que sigan sus instrucciones y plantea llegar a los 7 millones de seguidores antes del mediodía del día siguiente.
Figura 4 – Instrucción para alcanzar los 7 millones de personas

Janones prometía que, una vez alcanzada esa meta, demostraría matemáticamente por qué Lula sería reelegido. Su mensaje muestra que las cifras se convertían en una herramienta de movilización y que el crecimiento del canal se vinculaba con la expectativa de ganar las elecciones.
Los integrantes, por su parte, decidían cómo sumar nuevos miembros: podían compartir el canal, invitar a conocidos o difundir mensajes. La coordinación señalaba la meta, pero dejaba a los simpatizantes la tarea de cumplirla. Carla confirma que reclutar personas nuevas era parte de las actividades diarias. De acuerdo con su relato, cada miembro invitaba a personas de sus círculos familiares, laborales y sociales. Por tanto, la expansión del Ejército de Lula no dependía solo de la circulación de contenidos digitales, sino también de la activación de redes de relaciones ya existentes.
La Figura 5 ilustra cómo las instrucciones se convertían en publicaciones en redes sociales. En una serie de mensajes enviados entre las 17:19 y las 17:39, Janones llamó a sus seguidores a actuar en X con frases como “Al ataque”, “Máxima fuerza” y “Atacar”.
Figura 5 – Instrucción para difundir un hashtag en la red social X

La tarea era hacer circular el hashtag #PesquiseBolsonaroMandouMatarLula (#BuscaBolsonaroMandóMatarALula), que se había publicado en el canal a las 17:22. El intercambio muestra la rapidez con que se organizaba la acción: en cuestión de minutos, los participantes recibían instrucciones y consignas, además de nuevos llamados a seguir participando.
El balance entre el liderazgo personal y la autonomía de las bases
También resulta significativa la personalización del liderazgo. La Figura 6 muestra a Janones al salir del hospital, junto con una fotografía y varios mensajes para los miembros del canal.
Figura 6 – Mensaje sobre el alta hospitalaria de Janones

El diputado ingresó al hospital el 19 de octubre por una arritmia cardíaca y fue dado de alta al día siguiente. Su regreso se anunció directamente a los seguidores, con mensajes que destacaban la unidad del grupo. La imagen de su salida del hospital recibió unas 143.000 reacciones, y otra publicación, en la que describía al grupo como el ejército más unido del mundo, superó las 100.000.
El recuerdo de Carla sobre la hospitalización resulta revelador, pues da cuenta de un efecto que podría parecer paradójico: dentro de una organización muy personalizada, los participantes desarrollaron cierta autonomía. Según ella, la hospitalización de Janones dejó a los integrantes desorientados por un momento. “Nos quedamos un poco huérfanos en ese momento”, recuerda. Pero añade que ya habían aprendido a continuar por su cuenta: “Ya sabíamos caminar, ¿sabes? Ya sabíamos trabajar con los hashtags, ya sabíamos cómo posicionarnos”.
La identificación con el presidente
La Figura 7 permite apreciar otro elemento de este proceso: el uso de la proximidad con el propio Lula para generar legitimidad e incentivar la participación.
Figura 7 – Encuentro de Janones con Lula

En uno de sus mensajes, Janones cuenta que estuvo con el presidente y después publica un video en el que aparece Lula. Esa publicación pertenece a una serie de comunicaciones en las que el diputado alterna datos personales, menciones al mandatario e instrucciones para movilizarse en el entorno digital. La combinación fortalecía la impresión de que la coordinación del canal estaba cerca de la candidatura y, a la vez, mantenía a los miembros vinculados a un relato continuo de campaña.
El testimonio de Carla también alude a esa cercanía. Cuenta que, después de las elecciones, Lula empezó a comunicarse a través del canal. Según explica, los mensajes que se le atribuían llevaban un símbolo particular, al que los miembros llamaban “Lulinha”, para reconocer que venían de él. Su relato ofrece una mirada interesante a la evolución del canal: lo que comenzó como una iniciativa vinculada al liderazgo de Janones pasó, a ojos de sus seguidores, a tener una relación más directa con el presidente. Esa conexión reforzó la sensación de pertenecer a un movimiento que iba más allá de la campaña y conservaba una identidad colectiva una vez terminada la elección.
El alcance de esta estrategia se aprecia en la experiencia que relata Carla sobre una transmisión en vivo de 24 horas organizada por Janones. Su familia mantuvo varios dispositivos conectados durante la emisión, entre ellos televisores, teléfonos y computadores. Un familiar llegó a usar cinco celulares y dos computadores portátiles, además de un televisor, para seguir la transmisión y contribuir a sus métricas de audiencia. De acuerdo con YouTube, la emisión de 24 horas, transmitida entre el 23 y el 24 de octubre, en la víspera de la segunda vuelta, acumuló 21,69 millones de visualizaciones y alcanzó un máximo de 773.400 espectadores simultáneos.
La narración también muestra la implicación emocional que generó esta experiencia. Carla califica la rutina de misiones como agotadora e intensa, pero también muy satisfactoria. “Era un infierno, pero era maravilloso. Hasta lo echo de menos”, dice al recordar la frecuencia de las tareas. Esa aparente contradicción entre cansancio y satisfacción sugiere que la participación no obedecía únicamente a metas electorales ni al cumplimiento de instrucciones. También había un sentido de identificación colectiva, mediante el cual la dedicación cotidiana reforzaba la pertenencia a una causa común.
La expansión internacional de las tácticas de Janones
Esta experiencia se puede situar en el marco de las estrategias que Janones expuso en su libro Janonismo Cultural: o uso das redes sociais e a batalha pela democracia no Brasil, publicado en 2023. En esa obra, el diputado ordena sus aprendizajes de comunicación política durante las elecciones de 2022 y promueve la participación directa de los simpatizantes en la disputa de narrativas digitales. En 2026, el Ejército de Lula amplió estas prácticas en términos organizativos, convirtiendo WhatsApp en una estructura estable de coordinación y movilización para una comunidad de millones de seguidores.
En un contexto de acusaciones a Meta por un presunto sesgo algorítmico, la izquierda demostró que las plataformas también son espacios de disputa intensa entre proyectos políticos rivales. De hecho, Janones ha sido invitado a colaborar con la campaña del presidente del Gobierno de España y dirigente del Partido Socialista Obrero Español, Pedro Sánchez.
El 4 de noviembre de 2026, tras las elecciones de medio mandato (midterms) en Estados Unidos, el activista demócrata Isaiah Martin publicó en X un mensaje en el que agradecía a Brasil por haber mostrado la ruta hacia la victoria. Cerró el mensaje con la expresión que Janones repetía a diario para pedir que se compartieran publicaciones: “¡Explodeeee!” (“¡Explotaaaa!”).
Figura 8 – Mensaje de Isaiah Martin en X

La geografía de la elección
El resultado estuvo acompañado por un fenómeno inusual en la historia electoral brasileña: la abstención bajó entre la primera y la segunda vuelta. Algo similar ocurrió en 2022, aunque en menor medida. En 2026, cerca de 3 millones de votantes más participaron en la segunda ronda, frente a unos 600.000 en 2022. También descendieron los votos blancos y nulos, de un 4,77 % a un 3,24 % de los sufragios emitidos: una caída de 1,53 puntos porcentuales, equivalente a alrededor de 1,82 millones de votos. En conjunto, estos cambios elevaron en unos 4,8 millones el total de votos válidos. ¿En qué lugares fue más intensa esta movilización electoral?
La información disponible apunta a un alza importante de la participación en las grandes ciudades del Sudeste, en especial São Paulo y Río de Janeiro. La región representa aproximadamente el 42 % de la población brasileña, casi 90 millones de personas, y el aumento de la participación no se concentró solo en zonas donde Lula tenía tradicionalmente más apoyo. Dentro de las ciudades, los barrios periféricos tuvieron un comportamiento diferente al de los sectores de mayores ingresos. Esto permite pensar que algunos votantes poco motivados para acudir a las urnas en la primera vuelta se movilizaron en la segunda más por oposición a la alternativa bolsonarista que por adhesión al gobierno.
La distribución del voto también reflejó una tensión conocida entre las zonas asociadas al agronegocio y los grandes centros urbanos. En 2026, Brasil se convirtió en el mayor exportador mundial de alimentos. La influencia económica y política del sector agropecuario es notoria, y en numerosos municipios especializados en estas actividades los candidatos de derecha obtienen votaciones elevadas. Pero conviene recordar que no vota la tierra, sino sus habitantes. Aunque tienen gran relevancia económica, esos municipios cuentan con menos población y menor densidad demográfica, como se aprecia en la Figura 9.
Figura 9 – Distribución territorial del voto por Lula (rojo) y Flávio Bolsonaro (azul)

La Figura 9 ayuda a poner en cuestión los mapas que cubren cada municipio con el color del candidato que obtuvo más votos en él (Figura 10).
Figura 10 – Mapas difundidos tras la elección que muestran la distribución espacial del voto a escala municipal.

Reducir la oposición entre el “agro” y la “ciudad” a una separación tajante sería simplista, particularmente porque hay ciudades ligadas al agronegocio, áreas rurales con altos índices de pobreza y periferias metropolitanas políticamente diversas. Lo determinante parece ser la interacción entre el tamaño de la ciudad, su composición social, su economía y el nivel de participación electoral. Las grandes urbes concentran a tantos votantes que pueden alterar el resultado nacional aun con cambios porcentuales pequeños. En localidades menores aparecen otros patrones de identificación y movilización. El análisis geográfico debe centrarse en esas diferencias de escala, en vez de asumir una oposición automática entre campo y ciudad.
También hay que considerar otros factores para explicar los más de 10 millones de votos adicionales que obtuvo Lula. La transferencia de apoyos de candidatos eliminados pudo ser importante. Esto llama la atención porque aspirantes como Ronaldo Caiado y Augusto Cury habían respaldado a Flávio Bolsonaro para la segunda ronda. Caiado, por ejemplo, es ampliamente visto como representante de la derecha tradicional, más próxima ideológicamente a Flávio que a Lula. Pero eso no quiere decir que sus electores obedecieran automáticamente sus indicaciones. La Figura 11 muestra diferencias territoriales en el aumento del voto de Lula, incluso en áreas donde Caiado tenía influencia política.
Figura 11 – Cambio en la votación de Lula entre la primera y la segunda vuelta, por municipio.

Goiás, estado que Ronaldo Caiado gobernó durante casi ocho años, aparece intensamente coloreado en el mapa que representa el crecimiento electoral de Lula. En Guarani de Goiás, por ejemplo, Lula pasó de obtener alrededor del 40 % de los votos válidos en la primera vuelta a cerca del 62 % en la segunda. El resultado indica que las instrucciones de un dirigente no determinan de forma automática cómo votarán sus partidarios. Algunos electores que habían apoyado a candidatos de derecha pudieron preferir a Lula frente al bolsonarismo.
Por último, cabe examinar el mecanismo que parecía menos probable: el traspaso directo de votos de Flávio a Lula. Un análisis municipal encontró 210 localidades donde coincidieron tres cambios: Flávio recibió menos votos en términos absolutos en la segunda vuelta, Lula obtuvo más y la participación permaneció igual o aumentó. El estudio detecta una presencia importante de municipios del Norte y del Nordeste en ese patrón. El dato invita a reflexionar: parte de esos cambios se dio en lugares donde Lula ya tenía un apoyo consolidado. Esto sugiere que la votación entre rondas no consistió solo en conquistar territorios tradicionalmente adversos; también pudo intensificarse el respaldo a Lula o el rechazo a Flávio en zonas donde la disputa parecía menos reñida.
Figura 12 – Municipios donde se dieron a la vez tres cambios: Flávio Bolsonaro obtuvo menos votos absolutos en la segunda vuelta, Lula sumó más y la participación electoral se mantuvo o aumentó.

En conjunto, estos datos muestran que las divisiones sociales de Brasil se expresan de forma cada vez más visible en el territorio: municipios ligados al agronegocio frente a espacios urbanos densamente poblados; ciudades pequeñas frente a metrópolis; centros frente a periferias. No son grupos homogéneos ni mundos separados, sino escalas y contextos distintos donde la disputa política adquiere significados particulares. El resultado nacional reúne lo ocurrido en todos esos territorios, por lo que una elección presidencial no puede entenderse solo mirando los porcentajes finales de cada candidato.
¿Terminó el giro a la derecha en América Latina?
¿Qué implicaciones tiene este resultado para Brasil y para América Latina? En primer lugar, no debe tomarse la victoria de Lula como señal de que Brasil “giró a la izquierda”. Aunque perdió, Flávio obtuvo más votos que cualquier otro candidato derrotado en una elección presidencial brasileña. En las elecciones legislativas federales —para la Cámara de Diputados y el Senado—, el Partido Liberal (PL), de Flávio Bolsonaro, registró un crecimiento excepcional. Los comicios legislativos también mostraron el peso de la derecha y las dificultades de los partidos de centro y de las corrientes más moderadas de la derecha para afianzarse en una contienda cada vez más polarizada. Lula deberá gobernar frente a un Congreso donde no tiene una mayoría asegurada y ante una oposición políticamente organizada. Así, la victoria presidencial no acabó con la influencia social e institucional del bolsonarismo.
En segundo lugar, las elecciones mostraron que la denominada “extrema derecha” vive circunstancias distintas y adopta formas diversas en Brasil, Argentina, Colombia, Perú y Chile. Reunir bajo una sola etiqueta movimientos con distintas trayectorias, dirigencias, bases territoriales y agendas puede ocultar más de lo que permite comprender. Las reacciones de los líderes de derecha de la región ante el triunfo de Lula evidencian esas diferencias. El presidente José Antonio Kast felicitó a Lula y destacó el futuro compartido de Chile y Brasil; el mandatario argentino Javier Milei, en cambio, optó por no pronunciarse, aparentemente en reciprocidad, pues Lula no lo habría felicitado cuando ganó las presidenciales de 2023.
En Brasil, la victoria de Lula no necesariamente representa una adhesión renovada y entusiasta a su programa. Al menos una parte del resultado puede explicarse por el rechazo al candidato rival, una dinámica que no tiene por qué repetirse en otros países latinoamericanos. Por eso, la llamada “ola azul” no es un fenómeno simétrico.
Para las derechas de América Latina, la experiencia brasileña plantea una cuestión que supera la capacidad de conseguir escaños legislativos: ¿cómo formar mayorías nacionales en elecciones presidenciales con segunda vuelta? El bolsonarismo mantiene una fuerte presencia parlamentaria y arraigo en sectores significativos de la sociedad, pero las dos elecciones más recientes muestran lo difícil que es convertir ese respaldo en una mayoría presidencial cuando todo el territorio brasileño participa en una sola contienda. La derecha moderada, por su parte, tiene la posibilidad de construir una identidad diferenciada de la familia Bolsonaro. Lula deberá gobernar un país donde ganar las elecciones no equivale automáticamente a alcanzar un consenso político. Tal vez esa sea la principal enseñanza del balotaje de 2026: más que el triunfo de un sector sobre otro, la elección dejó en evidencia que Brasil sigue dividido y que distintos territorios pueden cambiar, en apenas unas semanas, el desenlace de una contienda nacional.
Jorge Alfaro
Analista Internacional BioBioChileDaniel A. de Azevedo
Profesor de Geografía Política de la Universidad de Brasilia




