Abrir redes sociales tras un partido de la selección argentina puede ser una celebración o un linchamiento, según lo que muestre el algoritmo. Como todo ídolo global, Lionel Messi —capitán y máximo goleador en la historia de los Mundiales— despierta devoción y también rechazo, aunque en proporciones muy distintas.
Mientras en Argentina los diarios titularon con elogios y fotos del 10 —“en modo leyenda”, “sin límites”, “deslumbra al mundo”—, en otros espacios digitales circularon críticas por una jugada polémica y acusaciones de trato preferencial por parte del arbitraje. El episodio más reciente ocurrió en el debut ante Argelia: a los 30 minutos, con Argentina 1-0, Messi presiona y comete infracción sobre el defensor Aïssa Mandi. No recibe amarilla. Minutos después firma un hat-trick que lo iguala con Miroslav Klose como máximo artillero de los Mundiales, marca que supera días más tarde con dos goles ante Austria en la Copa del Mundo 2026.
La acción se viralizó en cámara lenta y desde múltiples ángulos. En programas deportivos españoles hubo acusaciones de “ayuditas” arbitrales. También circularon citas falsas atribuidas a exfutbolistas como Zinedine Zidane y Marcelo Vieira, desmentidas por verificadores. El propio Zidane desactivó la controversia: dijo haber visto la jugada varias veces y no entender los pedidos de tarjeta roja. A este clima se suman viejas teorías: que Qatar 2022 fue un regalo de la FIFA, los penales discutidos a favor de Argentina y la sospecha de un sistema —árbitros, calendario y VAR— dispuesto para favorecer al astro.
El sociólogo Pablo Alabarces, investigador del CONICET, encuadra el fenómeno en una lógica conspirativa: retoma la idea de Fredric Jameson de que las teorías de complot son “la cosmovisión del pobre”, una forma de explicar derrotas apelando a fuerzas superiores. El fútbol, sostiene, lleva esa mirada paranoica al extremo. Y recuerda que Argentina también cultiva sus propias conspiraciones, como la versión de que el doping de Maradona en 1994 fue armado. Incluso hoy, dice, hay cánticos que reescriben “Muchachos” y presentan el título de 2022 como revancha por la copa “robada” en 1994. Por eso, advierte, los argentinos no están en posición de señalar a otros por paranoicos.
Para entender el rechazo a Messi —especialmente visible en México y España— hay que considerar de dónde proviene su adoración. Messi es, para el consenso futbolero, el mejor de la historia: ganó todo, dejó rivales atrás y compartió era con Cristiano Ronaldo, una rivalidad que dividió al mundo entre quienes veneran al argentino y los “bicholovers” del portugués. El periodista Ezequiel Fernández Moores, desde Estados Unidos, explica que en México pesa el historial reciente: Argentina eliminó a esa selección en los últimos Mundiales, y al verdugo se lo detesta. En España, el rechazo se concentra en el madridismo, por su pasado como emblema del Barcelona.
Aun así, Fernández Moores subraya que, en conjunto, Messi es muy querido: en Qatar 2022 abundaban camisetas suyas de todas partes del mundo y en Estados Unidos ocurre algo similar. Su perfil de deportista dedicado a jugar, sin grandes posicionamientos públicos, le genera a la vez tensiones y admiración. Sobre el arbitraje, cree que no tuvo una protección especial en el último Mundial: el reglamento actual protege más a los habilidosos que en tiempos de Maradona, aunque admite que Argentina recibió penales discutibles. En un Mundial en Qatar muy cuestionado, Messi fue una postal ideal para la FIFA: un ícono que no confronta, perfecto para el star system del fútbol global, con la salvedad de que no habla inglés, aunque le alcanza con jugar.
Desde México, Gabriel, un argentino radicado allí, se sorprende con el odio hacia Messi: en su entorno no escucha críticas personales, aunque reconoce el resentimiento deportivo por las eliminaciones. Cuenta, sin embargo, una escena que lo hizo dudar: en una muestra en Ciudad de México, una votación del público daba a Cristiano por encima de Messi por amplio margen, hasta que su hijo intentó “equilibrar” el tablero pulsando repetidas veces el botón del argentino, intervención detenida por un encargado.
Dentro de Argentina, la comparación histórica es con Diego Maradona. Durante años se le reprochó no tener la garra o el liderazgo de Diego, percepción que se fue diluyendo con los títulos y, sobre todo, tras Qatar 2022. Para Alabarces, la comparación suele ser injusta: Maradona es una figura futbolística, política y cultural; Messi, una excepcionalidad eminentemente deportiva. Hoy casi nadie le disputa su lugar en la cancha, aunque persisten —en los márgenes— cuestionamientos políticos. Una militante de izquierda marcó su “límite” cuando Messi posó en la Casa Blanca tras un acto del Inter Miami; para Alabarces, fue una “ridiculez evitable” más que un escándalo real, discutida puertas adentro de Argentina y prácticamente irrelevante afuera.
Entre devoción global, rivalidades históricas y una conversación digital que amplifica sospechas, Messi sigue en el centro: admirado por su fútbol, debatido por su figura y, sobre todo, inevitable en la narrativa del juego contemporáneo.




