
Nuestra Casa
Vecinos de Penco se manifiestan a un mes de los incendios que afectaron a la comuna
18 February 2026 | 11:12
hrs

El martes 3 de febrero fue la primera vez que Matías fue al SAR de Penco. Lo diagnosticaron con una bronquitis. El viernes 6 fue la segunda, le dijeron que era gastroenteritis. El sábado de esa misma semana, Matías ya no podía caminar. Tenía colapsados los pulmones, el hígado y el corazón. Murió ese mismo día en el Hospital de Penco-Lirquén. Recién en ese momento, cuando entró en un paro cardiorrespiratorio, le hicieron radiografías y otros exámenes. Antes, sólo lo derivaron a la casa con días de reposo y un par de medicamentos. Su familia asegura que tomarán acciones legales. Y cuestionan: ¿quién me da a mí el consuelo de perder a mi hijo? ¿Por qué no hicieron algo cuando tuvieron tiempo de hacerlo?
Cuando el sábado 7 de febrero Javier Uribe fue a buscar a su hijo Matías para llevarlo al Hospital de Penco-Lirquén, ya era poco lo que se podía hacer. Matías no caminaba ni respiraba. Su piel se tornaba morada. Se desvanecía.
—Aguanta Matías —le dijo su papá, intentando que mantuviera los ojos abiertos durante el trayecto que no duró más de cinco minutos.
—No puedo. No puedo. Me duele —le respondió Matías a duras penas mientras sentía las manos de su papá sobándole el pecho y los brazos para que no perdiera el conocimiento.
Entró al hospital sin pedir permiso. Tomó una silla de ruedas y lo subió él mismo a la camilla. Le dijo a la enfermera que se estaba muriendo, que lo atendiera rápido. Sus signos vitales estaban descontrolados. Su cuerpo se tornaba azulado. Era la tercera vez que pedía ayuda en el servicio de salud esa semana.
—¡Ayúdame, ayúdame! —fue lo último que le susurró Matías a su papá.
—Tranquilo Mati, ya te están viendo. Pero no me cierres los ojos —fue lo último que le respondió él antes que lo sacaran de la sala.
Adentro y afuera la situación era un caos. La madre de Matías, Rita, llegó minutos después. Lo vio intubado a través del vidrio sin entender por qué. Escuchó a las enfermeras musitar que había sufrido un paro cardiorrespiratorio. Pensó que, quizás, Matías estaba deshidratado de tanto vomitar.
—Cuando él se enfermaba me decía: “mamá, yo soy fuerte, a mí nada me va a pasar” —recordó entonces.
La doctora que lo atendió ese día fue directa. Les dijo que Matías estaba en riesgo vital. Hasta entonces, el diagnóstico era una neumonía severa por un posible contagio de hantavirus. Llamaron a una ambulancia. Iba a ser trasladado hasta el Hospital Higueras. Para ambos padres, el tiempo fue eterno.
La ambulancia llegó y los paramédicos lo prepararon. Pero Matías no alcanzó a llegar. Ni a la ambulancia ni al hospital. Le dio otro paro. Le hicieron tres reanimaciones. La doctora apareció en cada una de ellas para avisarle a su mamá que Matías no estaba mejorando. Su madre lo revive así:
—La doctora salió por segunda vez y me dijo “¿sabe qué?” el Mati no quiere responder. Ya no está respondiendo. Nosotros no lo queremos dejar rendir. Vamos a seguir. Esta será la última.
La trasladaron a una sala mientras intentaban la última reanimación. Cuando la doctora volvió a aparecer, Rita ya lo sabía. Su primer hijo, el recién nacido que midió 51 cm y pesó 3,850 kilos, había muerto a los 22 años.
Cuando Matías nació, nadie podría creer que fuera hombre. Nunca se dejó ver durante el embarazo. Nadie sabía su sexo y, como en la familia de Rita todas son mujeres, la mayoría apostaba por esa línea. Rita tenía una corazonada. Pero hasta el parto, el misterio reinaba.
Creció con todo el amor que un primer hijo puede recibir y que una madre de 17 años puede entregar. Rita dice que para sus primeros meses ya era demasiado regalón.
—Yo me perdía un segundo y Matías armaba un escándalo. Tenía que estar al lado de él.
A veces la única forma de calmarlo era envolverlo en una frazada y sacarlo a dar una vuelta al aire libre.
—Él venía con eso de la calle desde que nació. Lo hacía feliz —recuerda su madre.
Fue ahí, en el barrio donde nació, que conoció el Club Deportivo Juventud Iberia. Matías pasaba las horas en la sede organizando partidos, ordenando el equipo o haciendo turnos. Javier, su papá, le traspasó el amor por el fútbol luego de haber sido dirigente durante 20 años.
De hecho, hay un recuerdo vívido que Javier tiene con Matías. Uno que vive en su mente y encima de su velador enmarcado en un cuadro de foto. Fue justo después de operarse la rodilla. Javier había dejado de jugar y le prometió a su hijo que un día volvería a hacerlo. Lo hizo, y además, jugaron en el mismo equipo.
—Son sensaciones espectaculares para uno que siempre ha jugado la pelota. Es lo máximo jugar con tu hijo —rememora su padre.
Fue la única vez que jugaron juntos. Cuando terminó el partido se sacaron una fotografía con la misma camiseta.

Según su padre, a Matías le decían “un millón de amigos”. En todas partes conocía a alguien. Su entorno asegura que era por su personalidad: difícilmente le desagradaba a la gente. Todo lo contrario, siempre estaba dispuesto a colaborar y sonreía a menudo.
Para los incendios, por ejemplo, lo primero que hizo fue ayudar. El sábado 17 de enero fue donde su tío para intentar salvarle la casa. Con una manguera la mojó lo más que pudo. En un momento, el humo y las cenizas lo obnubilaron. Arrancó con un perro en brazos y las llamas detrás de él. Sólo escuchó cuando alguien le dijo “Corre Mati”.
Se subió a una camioneta que pasaba por ahí. Agarró a las mascotas y se montó arriba del pick up junto a su tío. Iban pasando por la rotonda para entrar al puerto cuando vio que el fuego venía desde distintas direcciones. Su tío le pidió que se agachara y él lo cubrió con su cuerpo. El fuego les pasó por encima.
Cuando llegó donde su mamá estaba mojado de pies a cabeza. La cara, el pelo y la ropa estaban negras. Lloraba por no haber podido salvar la casa. Esa noche Matías no durmió. Se levantaba del sillón, daba vueltas, lloraba y volvía a sentarse.
La mañana del domingo intentó salir de Penco con su familia sin saber que las calles ya estaban cerradas. Se fueron a la playa a esperar que el fuego pasara. Matías seguía desesperado y le inventó una excusa a su mamá. Le aseguró que su jefe necesitaba ayuda para vaciar su taller mecánico. En realidad, Matías solo quería salir.
—Él quería ir a ayudar. Quería ir a ayudar con los amigos —relata su madre.
Ese 18 de enero Matías estuvo en distintos puntos de Penco. Hasta fue a los cerros para hacer cortafuegos.
—Se subió arriba a los techos porque él no le tenía miedo a nada. Se creía bombero.
Los días que vinieron Matías siguió ayudando. Se juntó con su club y otros amigos para reunir dinero y alimentos. Aportó también con mano de obra. Si no estaba limpiando los escombros, estaba en el taller mecánico donde trabajaba.
El domingo 1 de febrero jugó un partido de fútbol. El lunes fue al taller mecánico. El martes fue a dejar unas herramientas a su jefe y pasó a ver un vehículo. En casa, Rita le escribía para que se apresurara para almorzar. Le tenía preparada una sopa porque lo había visto un poco congestionado. Llegó tarde y le tocó comer solo. Comió poco, recuerda su madre.
Esa noche, Matías le pidió a su madre que lo acompañara al SAR. Le dolía la cabeza y el cuerpo. Estaba decaído. Llegó a las 22:30 y lo ingresaron a las 23:35. Tenía una temperatura de 38.6 y un pulso de 100.
Su ficha clínica —a la que accedió BBCL Investiga— detalla que tenía tos con expectoraciones, congestión nasal y la faringe roja. Además de ruidos pulmonares. Lo diagnosticaron con bronquitis aguda.
Lo pincharon y le dieron seis medicamentos distintos, incluido un inhalador. Le recomendaron dos días de descanso.

Los días siguientes su mamá lo vio bien. Comió con ganas, se quedó en casa viendo series y reposó. También asistió al cumpleaños de una sobrina. Hubo un detalle que a Rita le llamó la atención, cuando Matías le pidió si podía acostarse en su habitación porque, según él, su cama le causaba mucho dolor de espalda. Creía que el colchón no lo dejaba dormir.
—Ahí dormía un rato. Después se levantaba y bajaba al baño. Se veía bien. No se veía mal —rememora Rita.
El viernes 6 de febrero Rita salió al campo. Dejó a Matías con su hermana, Isidora. Como a las tres de la tarde Matías la llamó. Le preguntó si venía de regreso porque le dolía mucho la cabeza. Quería ir a urgencias otra vez.
Rita le respondió que no, así que Isidora le preguntó a su papá si podía llevar a su hermano. Recibió la misma respuesta. Le explicó que tenía turno de noche y le era imposible.
—Yo pensaba que era un resfriado. No que era algo tan grave —admite Javier, su papá.
Al final fueron en un Uber. Lo ingresaron a las 23:51. Matías sentía dolor en toda la parte abdominal. Tenía vómitos y diarrea. Su pulso marcaba 126. Estaba con taquicardia.
Lo diagnosticaron con gastroenteritis y colitis de origen no especificado. Le pusieron suero y lo enviaron a la casa, otra vez. Le recetaron beber mucha agua y algo para el dolor.
Solo habían pasado tres días desde su primera atención. Era el mismo lugar, pero distintos doctores. Nunca le realizaron ningún examen. Ni siquiera una radiografía.
Cuando regresó a la casa, su madre y su abuela le prepararon una sopa caliente. Matías entró y se recostó en el sillón. Se bebió toda la sopa. Dijo que tenía hambre. Luego volvió al sillón.
Esa noche durmió hasta las cuatro de la mañana y despertó por el dolor, de lo que él creía, era la espalda. Le pidió a su mamá si podía ir a dormir con su hermana para que así, él pudiera ocupar su cama. Ella prefirió irse al sillón a ver televisión y le cedió su habitación. Matías volvió al rato. Le insistió que tenía un dolor insoportable en la espalda. Ella le aplicó mentolato y una masaje. También le dio los medicamentos, Matías volvió a dormirse un rato.
A las ocho de la mañana despertó con mucho dolor de cabeza. Le pidió a su mamá un chocolate caliente y volvió a dormirse.
Rita le pidió a su hija Isidora que llamara a su padre para que llevara a Matías a urgencias. No al SAR, sino que directo al Hospital de Penco-Lirquén. Él venía llegando del turno de noche. Le dijo que se prepararía un café e iría a buscarlo.
Para entonces, Matías ya no caminaba. Rita lo ayudó a vestirse.
Como pudieron lo subieron al auto. Ella se sacó el pijama y se fue a los minutos.
Cuando la doctora salió a avisarle a Rita que Matías tenía una neumonía severa, también le planteó la posibilidad de que su origen podía ser debido a un contagio del virus hanta.
—Entonces yo digo, pero si ese era el diagnóstico ¿por qué no le hicieron un examen antes? —cuestiona Rita.
Le explica que sólo en ese momento, cuando entró en paro, le realizaron las radiografías correspondientes. Se dieron cuenta que sus pulmones, corazón y riñones estaban colapsados.
El problema era que cuando Matías murió, su certificado iba a decir que fue por un “posible” contagio del virus. Sus padres querían certezas.
—Nosotros queríamos que el certificado dijera la causa de muerte, no una posible causa de muerte. Eso no me iba a servir, no me iba a dejar conforme. Porque ¿cómo va a ser una “posible” [causa]?…
Pidió que le realizaran una autopsia en el Servicio Médico Legal. Le explicaron que al morir en un servicio de salud, no era posible. Pero le dieron otra alternativa: un test rápido.
Una hora después tardó la respuesta. Matías había muerto por virus hanta.
—La negligencia estuvo en el SAR. Estuvo en ese momento en que el Mati, el día viernes, pudo haber sido trasladado esa misma noche al Hospital Higueras. Yo creo que el Mati hubiese tenido una esperanza de vida.
El día del velorio, la Seremi de Medioambiente llegó hasta la casa de Rita para preguntarle qué había hecho Matías 45 días atrás. Le pidieron el lugar exacto donde había estado.
—Era imposible que yo pudiera saberlo con certeza —critica su madre.
Los días siguientes también fueron a verla. Le aseguraron que abrirían una investigación. Y lo hicieron. La Seremi de Salud inició una indagatoria epidemiológica-ambiental. La idea era saber el factor de exposición que inició el contagio. Para “llamar a la calma”, a través de un comunicado expusieron que a esa altura “no se ha evidenciado una relación causal entre incendios forestales y presencia de casos de Hantavirus”.
Rita es crítica:
—A mí eso no me sirve. Claro, va a servir para que ellos pongan atención y sea la gente se sea más precavida, pero eso a mí ya no me sirve. Busquemos el problema que fue que el Mati la atención no la tuvo.
El martes 3 de febrero fue la primera vez que Matías fue al SAR de Penco. Lo diagnosticaron con una bronquitis. El viernes 6 fue la segunda, le dijeron que era gastroenteritis. El sábado de esa misma semana, Matías ya no podía caminar. Tenía colapsados los pulmones, el hígado y el corazón. Murió ese mismo día en el Hospital de Penco-Lirquén. Recién en ese momento, cuando entró en un paro cardiorrespiratorio, le hicieron radiografías y otros exámenes. Antes, sólo lo derivaron a la casa con días de reposo y un par de medicamentos. Su familia asegura que tomarán acciones legales. Y cuestionan: ¿Quién me da a mí el consuelo de perder a mi hijo? ¿Por qué no hicieron algo cuando tuvieron tiempo de hacerlo?
Cuando el sábado 7 de febrero Javier Uribe fue a buscar a su hijo Matías para llevarlo al Hospital de Penco-Lirquén, ya era poco lo que se podía hacer. Matías no caminaba ni respiraba. Su piel se tornaba morada. Se desvanecía.
—Aguanta Matías —le dijo su papá, intentando que mantuviera los ojos abiertos durante el trayecto que no duró más de cinco minutos.
—No puedo. No puedo. Me duele —le respondió Matías a duras penas mientras sentía las manos de su papá sobándole el pecho y los brazos para que no perdiera el conocimiento.
Entró al hospital sin pedir permiso. Tomó una silla de ruedas y lo subió él mismo a la camilla. Le dijo a la enfermera que se estaba muriendo, que lo atendiera rápido. Sus signos vitales estaban descontrolados. Su cuerpo se tornaba azulado. Era la tercera vez que pedía ayuda en el servicio de salud esa semana.
—¡Ayúdame, ayúdame! —fue lo último que le susurró Matías a su papá.
—Tranquilo Mati, ya te están viendo. Pero no me cierres los ojos —fue lo último que le respondió él antes que lo sacaran de la sala.
Adentro y afuera la situación era un caos. La madre de Matías, Rita, llegó minutos después. Lo vio intubado a través del vidrio sin entender por qué. Escuchó a las enfermeras musitar que había sufrido un paro cardiorrespiratorio. Pensó que, quizás, Matías estaba deshidratado de tanto vomitar.
—Cuando él se enfermaba me decía: “mamá, yo soy fuerte, a mí nada me va a pasar” —recordó entonces.
La doctora que lo atendió ese día fue directa. Les dijo que Matías estaba en riesgo vital. Hasta entonces, el diagnóstico era una neumonía severa por un posible contagio de hantavirus. Llamaron a una ambulancia. Iba a ser trasladado hasta el Hospital Higueras. Para ambos padres, el tiempo fue eterno.
La ambulancia llegó y los paramédicos lo prepararon. Pero Matías no alcanzó a llegar. Ni a la ambulancia ni al hospital. Le dio otro paro. Le hicieron tres reanimaciones. La doctora apareció en cada una de ellas para avisarle a su mamá que Matías no estaba mejorando. Su madre lo revive así:
—La doctora salió por segunda vez y me dijo “¿sabe qué?” el Mati no quiere responder. Ya no está respondiendo. Nosotros no lo queremos dejar rendir. Vamos a seguir. Esta será la última.
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La trasladaron a una sala mientras intentaban la última reanimación. Cuando la doctora volvió a aparecer, Rita ya lo sabía. Su primer hijo, el recién nacido que midió 51 cm y pesó 3,850 kilos, había muerto a los 22 años.
Cuando Matías nació, nadie podría creer que fuera hombre. Nunca se dejó ver durante el embarazo. Nadie sabía su sexo y, como en la familia de Rita todas son mujeres, la mayoría apostaba por esa línea. Rita tenía una corazonada. Pero hasta el parto, el misterio reinaba.
Creció con todo el amor que un primer hijo puede recibir y que una madre de 17 años puede entregar. Rita dice que para sus primeros meses ya era demasiado regalón.
—Yo me perdía un segundo y Matías armaba un escándalo. Tenía que estar al lado de él.
A veces la única forma de calmarlo era envolverlo en una frazada y sacarlo a dar una vuelta al aire libre.
—Él venía con eso de la calle desde que nació. Lo hacía feliz —recuerda su madre.
Fue ahí, en el barrio donde nació, que conoció el Club Deportivo Juventud Iberia. Matías pasaba las horas en la sede organizando partidos, ordenando el equipo o haciendo turnos. Javier, su papá, le traspasó el amor por el fútbol luego de haber sido dirigente durante 20 años.
De hecho, hay un recuerdo vívido que Javier tiene con Matías. Uno que vive en su mente y encima de su velador enmarcado en un cuadro de foto. Fue justo después de operarse la rodilla. Javier había dejado de jugar y le prometió a su hijo que un día volvería a hacerlo. Lo hizo, y además, jugaron en el mismo equipo.
—Son sensaciones espectaculares para uno que siempre ha jugado la pelota. Es lo máximo jugar con tu hijo —rememora su padre.
Fue la única vez que jugaron juntos. Cuando terminó el partido se sacaron una fotografía con la misma camiseta.
Según su padre, a Matías le decían “un millón de amigos”. En todas partes conocía a alguien. Su entorno asegura que era por su personalidad: difícilmente le desagradaba a la gente. Todo lo contrario, siempre estaba dispuesto a colaborar y sonreía a menudo.
Para los incendios, por ejemplo, lo primero que hizo fue ayudar. El sábado 17 de enero fue donde su tío para intentar salvarle la casa. Con una manguera la mojó lo más que pudo. En un momento, el humo y las cenizas lo obnubilaron. Arrancó con un perro en brazos y las llamas detrás de él. Sólo escuchó cuando alguien le dijo “Corre Mati”.
Se subió a una camioneta que pasaba por ahí. Agarró a las mascotas y se montó arriba del pick up junto a su tío. Iban pasando por la rotonda para entrar al puerto cuando vio que el fuego venía desde distintas direcciones. Su tío le pidió que se agachara y él lo cubrió con su cuerpo. El fuego les pasó por encima.
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La mañana del domingo intentó salir de Penco con su familia sin saber que las calles ya estaban cerradas. Se fueron a la playa a esperar que el fuego pasara. Matías seguía desesperado y le inventó una excusa a su mamá. Le aseguró que su jefe necesitaba ayuda para vaciar su taller mecánico. En realidad, Matías solo quería salir.
—Él quería ir a ayudar. Quería ir a ayudar con los amigos —relata su madre.
Ese 18 de enero Matías estuvo en distintos puntos de Penco. Hasta fue a los cerros para hacer cortafuegos.
—Se subió arriba a los techos porque él no le tenía miedo a nada. Se creía bombero.
Los días que vinieron Matías siguió ayudando. Se juntó con su club y otros amigos para reunir dinero y alimentos. Aportó también con mano de obra. Si no estaba limpiando los escombros, estaba en el taller mecánico donde trabajaba.
El domingo 1 de febrero jugó un partido de fútbol. El lunes fue al taller mecánico. El martes fue a dejar unas herramientas a su jefe y pasó a ver un vehículo. En casa, Rita le escribía para que se apresurara para almorzar. Le tenía preparada una sopa porque lo había visto un poco congestionado. Llegó tarde y le tocó comer solo. Comió poco, recuerda su madre.
Esa noche, Matías le pidió a su madre que lo acompañara al SAR. Le dolía la cabeza y el cuerpo. Estaba decaído. Llegó a las 22:30 y lo ingresaron a las 23:35. Tenía una temperatura de 38.6 y un pulso de 100.
Su ficha clínica —a la que accedió BBCL Investiga— detalla que tenía tos con expectoraciones, congestión nasal y la faringe roja. Además de ruidos pulmonares. Lo diagnosticaron con bronquitis aguda.
Lo pincharon y le dieron seis medicamentos distintos, incluido un inhalador. Le recomendaron dos días de descanso.
Los días siguientes su mamá lo vio bien. Comió con ganas, se quedó en casa viendo series y reposó. También asistió al cumpleaños de una sobrina. Hubo un detalle que a Rita le llamó la atención, cuando Matías le pidió si podía acostarse en su habitación porque, según él, su cama le causaba mucho dolor de espalda. Creía que el colchón no lo dejaba dormir.
—Ahí dormía un rato. Después se levantaba y bajaba al baño. Se veía bien. No se veía mal —rememora Rita.
El viernes 6 de febrero Rita salió al campo. Dejó a Matías con su hermana, Isidora. Como a las tres de la tarde Matías la llamó. Le preguntó si venía de regreso porque le dolía mucho la cabeza. Quería ir a urgencias otra vez.
Rita le respondió que no, así que Isidora le preguntó a su papá si podía llevar a su hermano. Recibió la misma respuesta. Le explicó que tenía turno de noche y le era imposible.
—Yo pensaba que era un resfriado. No que era algo tan grave —admite Javier, su papá.
Al final fueron en un Uber. Lo ingresaron a las 23:51. Matías sentía dolor en toda la parte abdominal. Tenía vómitos y diarrea. Su pulso marcaba 126. Estaba con taquicardia.
Lo diagnosticaron con gastroenteritis y colitis de origen no especificado. Le pusieron suero y lo enviaron a la casa, otra vez. Le recetaron beber mucha agua y algo para el dolor.
Solo habían pasado tres días desde su primera atención. Era el mismo lugar, pero distintos doctores. Nunca le realizaron ningún examen. Ni siquiera una radiografía.
Cuando regresó a la casa, su madre y su abuela le prepararon una sopa caliente. Matías entró y se recostó en el sillón. Se bebió toda la sopa. Dijo que tenía hambre. Luego volvió al sillón.
Esa noche durmió hasta las cuatro de la mañana y despertó por el dolor, de lo que él creía, era la espalda. Le pidió a su mamá si podía ir a dormir con su hermana para que así, él pudiera ocupar su cama. Ella prefirió irse al sillón a ver televisión y le cedió su habitación.
Matías volvió al rato. Le insistió que tenía un dolor insoportable en la espalda. Ella le aplicó mentolato y una masaje. También le dio los medicamentos
Matías volvió a dormirse un rato.
A las ocho de la mañana despertó con mucho dolor de cabeza. Le pidió a su mamá un chocolate caliente y volvió a dormirse.
Rita le pidió a su hija Isidora que llamara a su padre para que llevara a Matías a urgencias. No al SAR, sino que directo al Hospital de Penco-Lirquén. Él venía llegando del turno de noche. Le dijo que se prepararía un café e iría a buscarlo.
Para entonces, Matías ya no caminaba. Rita lo ayudó a vestirse.
Como pudieron lo subieron al auto. Ella se sacó el pijama y se fue a los minutos.
Cuando la doctora salió a avisarle a Rita que Matías tenía una neumonía severa, también le planteó la posibilidad de que su origen podía ser debido a un contagio del virus hanta.
—Entonces yo digo, pero si ese era el diagnóstico ¿por qué no le hicieron un examen antes? —cuestiona Rita.
Le explica que sólo en ese momento, cuando entró en paro, le realizaron las radiografías correspondientes. Se dieron cuenta que sus pulmones, corazón y riñones estaban colapsados.
El problema era que cuando Matías murió, su certificado iba a decir que fue por un “posible” contagio del virus. Sus padres querían certezas.
—Nosotros queríamos que el certificado dijera la causa de muerte, no una posible causa de muerte. Eso no me iba a servir, no me iba a dejar conforme. Porque ¿cómo va a ser una “posible” [causa]?…
Pidió que le realizaran una autopsia en el Servicio Médico Legal. Le explicaron que al morir en un servicio de salud, no era posible. Pero le dieron otra alternativa: un test rápido.
Una hora después tardó la respuesta. Matías había muerto por virus hanta.
—La negligencia estuvo en el SAR. Estuvo en ese momento en que el Mati, el día viernes, pudo haber sido trasladado esa misma noche al Hospital Higueras. Yo creo que el Mati hubiese tenido una esperanza de vida.
El día del velorio, la Seremi de Medioambiente llegó hasta la casa de Rita para preguntarle qué había hecho Matías 45 días atrás. Le pidieron el lugar exacto donde había estado.
—Era imposible que yo pudiera saberlo con certeza —critica su madre.
Los días siguientes también fueron a verla. Le aseguraron que abrirían una investigación. Y lo hicieron. La Seremi de Salud inició una indagatoria epidemiológica-ambiental. La idea era saber el factor de exposición que inició el contagio. Para “llamar a la calma”, a través de un comunicado expusieron que a esa altura “no se ha evidenciado una relación causal entre incendios forestales y presencia de casos de Hantavirus”.
Rita es crítica:
—A mí eso no me sirve. Claro, va a servir para que ellos pongan atención y sea la gente se sea más precavida, pero eso a mí ya no me sirve. Busquemos el problema que fue que el Mati la atención no la tuvo.
Explica que debieron haberle realizado la radiografía cuando detectaron sus pulmones con ruido. La primera vez que fue al SAR. Por lo mismo, ahora iniciarán acciones legales.
—Está bien. Se contagió, fue el virus, pero ¿quién me da a mí el consuelo de perder a mi hijo? ¿Por qué no hicieron algo cuando tuvieron tiempo de hacerlo? ¿Por qué ese médico que lo atendió no hizo nada?
Por Sandra Martínez Tapia - Periodista de Investigación en BioBioChile.