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Evitar las escaleras, dejar de caminar hasta lugares cercanos o preferir no salir porque un destino “queda demasiado lejos” pueden parecer cambios propios de la edad. Sin embargo, también pueden ser señales de dismovilidad, una disminución de la capacidad para desplazarse y desenvolverse en el entorno.
Dejar de caminar hasta la esquina, evitar las escaleras o reducir las salidas porque implican demasiado esfuerzo son conductas que pueden pasar inadvertidas en las personas mayores. Muchas veces se atribuyen simplemente al envejecimiento, pero pueden ser señales de un proceso de dismovilidad.
Así lo plantea Margarita Frías, académica de la Carrera de Kinesiología de la Universidad de Las Américas, Sede Concepción, quien destaca la importancia de prestar atención a los cambios en la movilidad y comprender que moverse no significa únicamente caminar.
En las personas mayores, la movilidad permite realizar actividades cotidianas como ir de compras, visitar a otras personas, participar en la comunidad y mantener aquellas actividades que dan sentido a la vida diaria.
Uno de los principales puntos de partida de este proceso es el dolor.
Cuando una persona siente dolor al moverse, es natural que comience a evitar determinadas actividades. El problema es que esta reducción de la actividad física puede provocar, a su vez, una disminución de la fuerza muscular y de la capacidad aeróbica.
De esta manera, actividades que antes eran habituales pueden comenzar a generar mayor cansancio y esfuerzo, instalándose un círculo que puede avanzar progresivamente: aparece el dolor, se evita el movimiento, disminuye la condición física y, como consecuencia, cada vez cuesta más realizar actividades cotidianas.
Por ello, identificar estos cambios a tiempo resulta relevante para evitar que una disminución inicial de la movilidad termine afectando de manera más significativa la funcionalidad y autonomía.
Frente a la dismovilidad, la respuesta no consiste en exigir a una persona mayor que se mueva a cualquier costo.
Desde la Kinesiología, el abordaje apunta a identificar los factores que están limitando el movimiento y desarrollar estrategias que permitan recuperarlo de manera segura y progresiva.
Entre las medidas que pueden contribuir a preservar la movilidad se encuentran caminar de acuerdo con las propias capacidades, mantener las actividades cotidianas e incorporar gradualmente ejercicios orientados a mejorar la fuerza y la resistencia.
El objetivo es que la persona pueda conservar la mayor funcionalidad posible y continuar realizando aquellas actividades que forman parte de su vida diaria.
La movilidad también plantea un desafío para las familias y cuidadores.
Con la intención de proteger a una persona mayor, muchas veces se termina haciendo por ella aquello que todavía puede realizar de manera autónoma. Si bien esto puede percibirse como una forma de cuidado, la sobreasistencia puede reducir las oportunidades de mantenerse activo.
Por eso, entregar tiempo, adaptar los espacios y proporcionar ayuda cuando realmente sea necesaria permite acompañar sin reemplazar las capacidades de la persona.
La idea es favorecer un entorno que entregue seguridad, pero que al mismo tiempo permita mantener la independencia y la participación en las actividades cotidianas.
La movilidad tiene una dimensión que va mucho más allá del desplazamiento físico.
Poder caminar, salir, visitar a alguien, realizar compras o participar de distintas actividades permite a las personas mayores continuar tomando decisiones sobre su propia vida.
En ese sentido, preservar la movilidad también significa mantener la autonomía, la dignidad y la posibilidad de seguir siendo protagonista de las propias decisiones.
Por ello, cambios que inicialmente pueden parecer pequeños —como dejar de caminar ciertas distancias, evitar escaleras o reducir las salidas— merecen atención. Reconocerlos oportunamente puede ser el primer paso para buscar estrategias que permitan recuperar o mantener el movimiento y, con ello, una mayor independencia en la vida cotidiana.

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